M isterio sobre misterio lo más misterioso del cerro de San Isidro es el por qué de tanta puntilla martillando la roca para componer una sorprendente colección de dibujos y escenas realizadas en un periodo de más de 17.000 años. Sea por lo que fuere, nadie puede negar la evidente situación estratégica de este cerro que con sus 986 metros de altitud se presenta como el oteadero perfecto para disfrutar en redondo de la impresionante llanada que compone la campiña segoviana, el mar de ondulaciones cerealistas que tiene conquistado el suroeste de la provincia de Segovia entre el tapiz de los pinares y las elevaciones montañosas del Sistema Central.
No es, desde luego, mal sitio para coger un cincel y, aprovechando el maremágnum de rocas pizarrosas repartidas por doquier, liarse a dibujar el mundo alrededor. Lo raro es que muchos de aquellos dibujos, realizados entre el 16.000 y el 13.000 a.C. hayan llegado hasta nosotros: un auténtico milagro dada la densidad de descerebrados y gamberros que deben de haber existido desde entonces. Los estudios llevados a cabo en él han evidenciado que lo que este cerro alberga es de importancia supina: la cantidad y calidad de sus grabados lo convierten en uno de los yacimientos de petroglifos -que así se llaman los grabados sobre roca obtenidos por descascarillado o percusión- más importantes de Europa y el tercero en importancia tras de los de Foz de Côa, en Portugal, y Siega Verde, en Salamanca.
Otro de los misterios por resolver sería el de por qué, tras ser utilizado por poblaciones del Neolítico y la Edad del Bronce para dibujar sobre las rocas aquello que querían que permaneciera imborrable, fue de nuevo utilizado 17.000 años después, en plena Edad Media, para lo mismo.
Un último misterio, sin duda mucho más difícil de resolver que todos los anteriores, llevaría a descubrir por qué semejante tesoro, una de las primeras manifestaciones artísticas del hombre prehistórico en la Península adolece de semejante dejadez e indiferencia: el yacimiento aparece como un paraje prácticamente abandonado a su suerte, abierto a la curiosidad de quien quiera deleitarse con él pero también a la insensibilidad de quien quiera destruirlo en una noche, repiquetear 'amo a Laura' entre dos bóvidos del Paleolítico o llevarse a su casa, como ya sucedió hace tiempo, una laja con inscripciones; los paneles con las explicaciones de lo que se puede ver aparecen borrados por el sol y las inclemencias del tiempo; las flechas que guían un supuesto itinerario por el interior del yacimiento no existen y sólo quedan algunas estacas dispersas entre las rocas… además de bochorno da coraje. Por supuesto, en la caseta ubicada al comienzo del recorrido, y a la que se presupone informativa, no hay papelín que informe ni señale horarios de visitas, guías o similares. Mucho menos que existe un centro de interpretación sobre el yacimiento en el vecino pueblo de Domingo García.
Así que mal que bien, quien se deje caer por él tendrá que ir descubriendo a su aire las tres etapas de utilización conocidas. La más antigua se remontaría al Paleolítico. Otra llegaría a lo largo de la Edad del Bronce, marcada por la realización de dibujos esquemáticos semejantes a hombres con los brazos abiertos y unidos sobre la cabeza en una extraña postura. Por último, en un período difícil de catalogar, entre la Edad del Hierro y la Edad Media, estaría la llamada 'fase escenográfica', caracterizada por el abigarramiento de figuras que se abalanzan unas sobre otras portando, además, escudos, lanzas o espadas. Las ruinas de una ermita, ya sólo cuatro paredes al viento, rodeada de visigóticas tumbas antropomorfas, afirma la intuición de que hay lugares que han atraído desde siempre a los hombres por alguna razón desconocida para el hombre actual. Lo dicho, un mar de misterios.
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