Posa muy serio y disciplinado para las fotografías. Contesta amable pero taciturno a las preguntas. A Luis Sepúlveda (Ovalle, Chile, 1949) no le deben de gustar estas giras de promoción de las novelas y no lo disimula mucho. Se trata de hablar 'La sombra de lo que fuimos', la novela corta con la que el escritor chileno afincado en Gijón -de cuya Semana Negra es un habitual- ha ganado el último premio Primavera de novela que convocan Espasa Calpe y Ámbito Cultural de El Corte Inglés y que ayer se presentó en Valladolid.
La novela se fija en tres viejos activistas de izquierdas reunidos, treinta y cinco años después del golpe de Estado de Pinochet que les llevó al exilio, de nuevo en Santiago de Chile donde esperan a un antiguo camarada para ejecutar una nueva acción revolucionaria. Pero que nadie se llame a engaño. Esa 'sombra de lo que fuimos' del título no debe leerse en clave de 'cualquier tiempo pasado fue mejor'.
«No. No. En realidad el libro parte de una reunión de hace cuatro años en Santiago de Chile. Era una reunión feliz, de amigos en torno a un asado, pero en la que se daban unas circunstancias muy curiosas. Para empezar, estábamos en una casa tabú que había sido de un comandante guerrillero que luchó duramente contra Pinochet. Allí estábamos debajo de un parrón (como en Chile llaman a la parra), felices, hablando de hijos y nietos, ocho o diez amigos. Todos habíamos nacido entre 1947 y 1952, todos habíamos participado en mayor o menor medida en el Gobierno de Allende o pertenecimos a su escolta; todos habíamos sufrido cárcel o exilio y a todos nos faltaban varios nombres en la lista de amigos o familiares... Entonces se me ocurrió imaginar un día en la vida de cuatro sesentones preparados para una última aventura... Porque nos dábamos cuenta de que la sombra de lo que fuimos es muy, muy fuerte... y pesada».
No lo dice como algo malo. Al contrario, ese pequeño ajuste de cuentas con el pasado que podría ser este libro no es un ajuste agrio. Sino una mirada humorística y distanciada que a ratos carga con un inevitable deje melancólico.
«En todo caso sería -aclara- un buen ajuste de cuentas. Ya he recibido la respuesta de muchos lectores. Y cuando me han dicho 'este libro me ha hecho reír pero también llorar', he pensado. 'vale'. He cumplido lo que pretendía'».
Hay una frase en el libro que resume lo que todo exiliado alguna vez ha sentido en sus carnes: la imposibilidad del regreso. «Es algo que he comprobado personalmente. Después de 16 años de estar fuera, cuando vuelves, te das cuenta de que el país que dejaste ya no existe. Nos ha pasado a todos. Porque uno se queda con el país de su memoria, en la que sigue siendo ese país acogedor, cálido, amoroso, que dejaste. Nada que ver con el país brutal que encuentras. Pero esto es así ya desde los griegos. Cuando Homero escribe la Odisea sabe que la Itaca que Ulises dejó atrás ya no es la misma que la que encontrará al volver».
La segunda vez que el régimen de Pinochet lo encarceló iba tan en serio como una cadena perpetua. Aministía Internacional medió en su liberación y exilio a Suecia. Pero nunca llegó a Estocolmo. En la escala a Buenos Aires comenzó un peregrinaje que lo llevó a Uruguay, Brasil, Ecuador, Nicaragua, Alemania... países en los que colaboraba con la revolución como en Nicaragua o trabajó de reportero o enrolado en acciones ecologistas. Y en medio de todo, un buen número de libros...
Educación y disciplina
«Afortunadamente tengo muy buena educación. La educación de la disciplina. Trabajé en todo lo que hubo que trabajar pero yo sabía que lo fundamental era esto, la escritura. Y simplemente esperé. En el 89 conseguí publicar mi primera novela ('Mundo del fin del Mundo'), después de varios libros de cuentos. Era algo cervantino ese estar seguro de que sería cuestión de tiempo». Después llegaría su novela más exitosa hasta el momento, 'El viejo que leía novelas de amor'. Muchas de ellas en formato tirando a breve.
«Cada historia requiere la forma y el espacio en que tiene que ser contada. Me gusta el lenguaje conciso, que la historia se cuente con las palabras justas. Y entendible al mil por mil. Trabajo a conciencia con dosis poéticas muy fuertes. Soy enemigo de llenar páginas y páginas. Quiero que nada sobre y, si acaso, que falte, que el lector se quede con ganas de más».