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47.315 lectores diarios RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Cultura

CULTURA

«Prefiero provocar una sonrisa cómplice en el lector más que hacerle reír», afirma el escritor
13.04.09 -

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Javier Tomeo hace en su última novela una reflexión sobre el destino
Javier Tomeo, durante una rueda de prensa. / RICARDO OTAZO
El escritor aragonés Javier Tomeo (Huesca, 1931) dibuja la conversación nocturna entre Fedra y Godofredo, un enano adivino, en su último libro, 'El pecado griego' (Bruguera Narrativa). Un diálogo en un jardín de un palacio en la antigua Grecia, a la luz de la luna le sirve de escenario para lanzar reflexiones al lector, pero siempre de manera lúdica.
«Prefiero provocar en el lector una sonrisa cómplice, que es signo de inteligencia más que hacerle reír a carcajadas», declaró el autor. «Me gusta escribir sobre monstruos, sobre personajes anormales un poco esperpénticos», destacó. En este caso es Fedra, esposa de Teseo, «una mujer con los ojos demasiado separados de la nariz, símbolo del engaño del que será presa».
Fedra quiere consultar al enano Godofredo, un adivino republicano, feo, deforme, pero muy sabio, el significado que tendrá en su futuro un gemido que ha escuchado en sueños. En la conversación surgirá el proyecto de Fedra de ir a Eulisis ya que su nodriza, Eunone, le ha hablado del rito de Perséfone y Deméter.
Inspiración en Grecia
Godofredo, como adivino, emplea palabras y argumentos que aún no se han inventado ni empleado, y a lo largo de esta charla, en busca de la clave del gemido, hará gala también de su extenso conocimiento sobre la mitología griega. «Grecia siempre ha sido una fuente de inspiración para mí», reconoció Tomeo.
Los espacios acotados, la escritura en tiempo real y el formato dialogado convierten esta novela en un híbrido muy cercano a la dramaturgia.
«Me salen así, y aunque yo no soy dramaturgo, otros autores españoles y extranjeros sí han adaptado mis novelas al teatro, como Jacques Nichet ('Amado monstruo'), José María Pou ('El cazador de leones' y 'Amado monstruo') o Yvon Chaix ('El cazador de leones')».
La claridad y la brevedad son otras de sus notas características; o como asevera el narrador al inicio de la novela: «Que todo sea claro menos el caldo». El escritor añadió que no se siente «nada identificado con los escritores de ahora, ligeramente pedantes, que se consideran a sí mismos muy trascendentes y fundamentales para su tiempo». «Sigo siempre una economía del lenguaje que me lleva a expresarlo todo con el mínimo de palabras indispensables; por eso, después de la página 100, no sé qué más decir», añadió. «'El pecado griego' pretende ser simplemente un divertimento a través del cual la gente se plantee sus propias reflexiones acerca de su destino», concluyó.
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