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47.315 lectores diarios RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

Valladolid

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Gustavo Martín Garzo pronuncia en la Catedralel pregón de la Semana Santa y recibe la ovación del numeroso público congregado

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«El cristianismo nos dice que es en la pobreza donde está la verdadera fuerza»
El presidente de la Junta de Cofradías, José Miguel Román; el escritor Gustavo Martín Garzo; el arzobispo, Braulio Rodríguez, y el alcalde, Javier León de la Riva, a su llegada a la Catedral./ H. S.
Dicen quienes son habituales de los pregones de Semana Santa que ha sido el más bello que recuerde, el más lírico, el más poético, el más hermoso... El escritor Gustavo Martín Garzo logró arrancar una intensa ovación entre el numeroso público que se congregó en la Catedral Metropolitana, escenario de la lectura del pregón que anuncia la Semana Santa.
Llegó al templo acompañado del alcalde, Francisco Javier León de la Riva, y del presidente de la Junta de Cofradías, José Miguel Razón; donde fueron recibidos por el arzobispo de la diócesis vallisoletana, Braulio Rodríguez. Juntos entraron a la seo repleta de público, entre ellos numerosos representantes del mundo de la cultura, amigos, familiares, cofrades, autoridades religiosas, civiles y militares.
Subido en el atril, ante el Santísimo Cristo de la Luz, y con semblante aparentemente tranquilo, Martín Garzo leyó durante tres cuartos de hora un pregón de 16 folios del que no ha cambiado una sola coma tras la polémica generada por su nombramiento como pregonero.
Habló del valor poético de la religión y una cuestión clave en el cristianismo, como es el compromiso social. El escritor, que dedicó el pregón a la memoria del controvertido Pier Paolo Pasolini -«un escritor maravilloso y cineasta que hizo la película 'La Pasión, según San Mateo', la gran película sobre la pasión de Jesús», dijo previamente - explicó su visión del cristianismo apoyándose en numerosas citas de poetas, escritores e intelectuales, desde Simone Weil, Cherteston, Joan Margarit, Mirlawa Szymborska y Emily Dickinson a Yehuda Amigal, pasando por José Jiménez Lozano, Francisco Pino y el teólogo de la liberación Jon Sobrino.
Martín Garzo entiende el cristianismo como la religión de la vida y de la belleza, «el cristianismo que nos dice que es en la pobreza donde está la verdadera fuerza». A su juicio, la pobreza buscada implica compromiso, rebeldía, «la renuncia a sentirnos dueños de la verdad». Apuntó a la «autosuficiencia» como «el mayor de los defectos» que padece el mundo actual y animó a combatir las desigualdades sociales sintiendo como propias «las penas y alegrías del otro».
Reconoció que nadie puede negar a la Iglesia «ese inmenso esfuerzo por estar justo allí donde nadie desea permanecer y hacerlo con un mensaje de esperanza», punto en el que equiparó los conceptos de santidad y de poesía en el sentido de que ambos surgen para «cuidar, proteger y dar vida».
El escritor se refirió a sus padres como los artífices de que él amara el cristianismo. «Nunca nos imponían nada y se limitaban a transmitir su fe a través del amor, que busca la complicidad y el consentimiento. Sí -dice-, eso era para ellos el cristianismo, una religión de la vida y de la belleza». Esas enseñanzas, añadió, le dieron en su infancia exaltados momentos de altruismo, ritos carentes de utilidad practica, el sentido del misterio y la maravilla. «Me enseñó a respetar a los demás, a amar a los animales, a permanecer vigilante ante el mal y a creer en la resurrección». El pregonero mostró su admiración por el personaje de María, al que calificó de adorable, que representa a su juicio el misterio de la bondad. De ahí, recalcó, que que la procesión que más le gusta de esta Semana Santa vallisoletana sea la del Encuentro.
La Virgen pobre
Para el autor vallisoletano es a la Virgen pobre, de la que habla en una letanía Francisco Pino, «a la que debemos celebrar en estos días. Más allá de nuestros hermosos pasos, del rigor de nuestras procesiones, de la severidad de nuestra devoción, esa humilde y doliente figura nos pide que miremos a nuestro alrededor y nos preguntemos si acaso el mundo que nos rodea es el de nuestros sueños». Concluyó relatando una vivencia, y muy significativa, de cuando trabajaba como psicólogo en un centro de salud de la capital, donde atendía a una niña de diez años, con daño cerebral, muy aficionada a comer pipas, de una marca concreta, la que llevaba la imagen de una virgen en la bolsita de plástico. «Cuando terminaba las pipas, cerraba los ojos y dirigiéndose a esa imagen le pedía en silencio que la curara. Nunca lo hacía en las iglesias, ante los retablos refulgentes cargados de grandes racimos de oro, ni frente a las estampas de esas madonnas que los mejores pintores habían concebido...».
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