L a polémica sobre el proceso de Bolonia se ha desatado en los campus universitarios y ha saltado a la calle. La carencia de una eficaz política de información ha hecho crecer la lista de descontentos que no creen que Bolonia contribuya a resolver los problemas de la Universidad española. Docentes y discentes se sitúan en la clasificación Bolonia en una banda que va desde el rechazo absoluto a la bendición total con múltiples posiciones intermedias de aceptación, a veces sufrida, otras crítica y en ocasiones escéptica.
A lo largo de mis reflexiones en este debate he podido escuchar todas esas voces, procedentes, ante todo, del mundo universitario. Sin embargo, Bolonia es una gran desconocida para la mayor parte de la sociedad española. El Ministerio de Ciencia e Innovación acaba de lanzar un par de webs que tratan de aclarar sus ventajas. Pero esas campañas de información, loables aunque tardías, no llegan a los ciudadanos de a pie. Los padres y los empresarios saben que Bolonia es algo distinto, pero desconocen si el sistema es mejor o peor que el anterior y cuáles son las diferencias. Juzgan que viene a ser como una especie de euro académico, es decir, un intento de establecer un sistema semejante de titulaciones que facilite la movilidad de estudiantes y profesionales entre los casi 50 países que forman parte del sistema, pero a poco más llegan sus conocimientos e intuiciones.
Ante esa situación me gustaría romper una lanza de tranquilidad para los no usuarios directos, alimentada de razones que, desde mi punto de vista, hacen de Bolonia un mejor sistema de formación que los previos. Yo no creo que sea malo que nuestros alumnos puedan estudiar cosas mejor adaptadas a las exigencias profesionales de nuestras sociedades. La Universidad no debe limitarse a formar especialistas para las empresas, pero la existencia de otros cometidos no reduce el alcance de esa función esencial. Yo no creo que sea malo el intento de ofrecer una formación más rica que supere la simple enseñanza de contenidos, con herramientas, con valores, con destrezas. Y no creo que sea malo que el profesor enseñe de otra manera y que el alumno aprenda de otra forma.
Sí creo que es bueno que los estudiantes rompan su exceso de sedentarismo y se muevan hacia otras universidades de dentro y fuera del país. Y que las universidades estrechen sus lazos de colaboración para intercambiar alumnos, profesores o investigación. No me salen los números cuando se afirma que las nuevas titulaciones van a ser más caras. No acabo de ver que haya una conspiración empresarial para imponer a la Universidad lo que tiene que hacer. Y tampoco entiendo que con Bolonia se privatice la enseñanza y que suponga una mercantilización de la Universidad .
Alguien podría decir que estos argumentos resultan tópicos, pero lo importante es saber si alimentan o no nuevas posibilidades educativas para una formación mejor. Yo creo que sí, aunque soy consciente de las dificultades de su aplicación. Bolonia necesita profesores motivados y no todos lo están. Precisa más financiación y no parece haber la suficiente. Y exige acuerdos básicos entre todas las instancias implicadas que no siempre se producen
Existe todavía un largo camino para sortear los obstáculos, los temores, los prejuicios, los desacuerdos o los rechazos injustificados. Pero, entre todos, deberíamos desvanecerlos, porque con Bolonia podemos mejorar.