A 3.161 kilómetros de su hogar, con el que habla semanalmente, un joven senegalés recuerda cómo vio un día vio un barco y no se lo pensó. Debía ayudar a su familia. Su padre es patrón y él pescador. Por eso «no tuvo tanto miedo». Ya conocía el mar. Cuando ven en las noticias de naufragios en las costas españolas tienen sentimientos muy dispares, que van desde el que se siente identificado, hasta el que lo pasa mal o al que le es indiferente.
Con apenas 15 años se juegan la vida en un cayuco para llegar a España persiguiendo el sueño de trabajar y ayudar a sus familias, aunque en ese viaje en el espacio y el tiempo los menores subsaharianos pierden sus referencias culturales y emocionales, unas referencias que deben ser restauradas por pedagogos y educadores que ejercen hasta de padres.
Son más de dos centenares los menores subsaharianos no acompañados que después de llegar a Canarias en una patera o a bordo de un cayuco y ser declarados en desamparo se encuentran en centros de acogimiento en España. Unos 88 de ellos residen en Castilla y León.
Empezar de cero
La Asociación Comisión Católica Española de Migración (Accem) en Segovia, en coordinación con la Junta, abre sus puertas para mostrar el hacer diario en uno de esos centros, la vida de diez muchachos que aprenden a leer y escribir, el idioma y un oficio, a la par que adquieren habilidades sociales para hallar trabajo, su máxima meta.
El perfil del muchacho de acogen estos centros es el de un inmigrante, adolescente, que no sabe el idioma, en la mayoría de los casos con muy pocos años de escolarización y que a su llegada tiene que aprenderlo todo, desde la higiene cotidiana -vienen de Malí, Senegal, Gambia o Guinea Conakry, donde apenas hay agua- hasta a alimentarse y pasar de comer lo que pueden a lo que deben.
Otro problema más complejo es sensibilizarlos hacia el estudio, ya que cinco horas en clase deben de ser para ellos una especie de castigo, a juicio de Martín, quien invita a pensar qué pasaría si a un español se le enviara a China y se le metiera en una clase, con la ventaja de que nosotros tenemos hábito educativo.
Jugarse la vida
Una mañana de diario, un joven senegalés de 17 años cuenta, en su español recién estrenado, que llegó hace dos años de Thies, la segunda capital más poblada de su país. Pasó siete días en un cayuco.
Ése es el otro viaje. Además del «choque cultural de libro que sufren», con ansiedad, nerviosismo y estrés, los jóvenes se meten en un cayuco o una patera sin ser «conscientes de verdad de que se la han jugado», subraya Martín; aunque ahí está la experiencia traumática en forma de terrores nocturnos y miedos. Hablan con mucho respeto de la travesía, a veces con referencias a mitos o a las brujas del mar que aparecen tras los naufragios.
La mayor parte de los 32 muchachos que han pasado desde el 2006 por los dos centros segovianos han conseguido encontrar un trabajo o siguen estudiando -con especial insistencia en matemáticas y lengua-, sin que hasta la fecha ninguno haya sido extraditado.
Al cumplir 18 años se les puede prorrogar la estancia en los centros tres meses o se les deriva a pisos de preautonomía. Los jóvenes regularizan su documentación y buscan contactos con amigos y compatriotas, intensifican la búsqueda de trabajo y su formación.