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47.315 lectores diarios RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 12 febrero 2012

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Tordesillas se echa mañana a la calle para recordar el comienzo del encierro en el palacio de la villa de Juana I de Castilla

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Tras los pasos de La Loca
D e luto y rodeada de su guardia personal, los Monteros de Espinosa, Juana I de Castilla, llegará mañana a Tordesillas. Y es que, aunque la mítica reina -a la que el tiempo y la leyenda han rebautizado como Juana la Loca- murió hace más de 400 años, la joven volverá a la localidad encarnada en María Marqués González, una joven tordesillana de 29 años. El Centro de Iniciativas Turísticas de Tordesillas (CIT) ha organizado, por quinto año consecutivo, el desfile que conmemora uno de sus acontecimientos históricos más importantes: el encierro de la que fue la primera reina de España. Este año, la villa celebra el quinto centenario de la llegada de Juana y el pueblo se ha volcado en la celebración. El grupo filatélico de Tordesillas ha preparado un matasellos conmemorativo que sólo será utilizado mañana en el Ayuntamiento. Todo aquel que se acerque podrá recoger su matasellos en alguna de las postales conmemorativas. Además, dos restaurantes han creado menús inspirados en los de entonces, se ha creado el Pastel de la Reina y el Ayuntamiento anuncia actos centrados en la vida y la época de la infortunada reina.
Juana heredó de su madre, Isabel la Católica, el reino de Castilla y de su padre, Fernando, el de Aragón. Ambos territorios se unieron en 1516 tras la muerte del monarca de Aragón, con lo que se convirtió, junto con su hijo Carlos I, en la primera reina de España. Aunque ella no lo sabía, ya que llevaba ya siete años encerrada en Tordesillas donde sus servidores, por orden superior, no informaban a la reina de lo que sucedía fuera de su prisión. La Historia tampoco ha sido justa con Juana I de Castilla que fue, además de reina, hija y madre de reyes. A pesar de ostentar el título durante 51 años, nunca gobernó, su padre y su hijo se lo impidieron y la encerraron para que los nobles y el pueblo se olvidaran de que ella era la legítima soberana. No lo consiguieron del todo, como se demostró en 1520, cuando Juan de Padilla acudió a verla en representación de los Comuneros para pedirle que encabezara, como reina, el movimiento popular.
Monjes, soldados y sirvientes
El historiador Miguel Ángel Zalama, experto en la figura de la reina, ha asesorado al CIT en el desfile que lleva cinco años organizando. Utilizan más de doscientos trajes, entre ellos el de Juana, que hay que arreglar anualmente, ya que lo lleva una joven diferente en cada ocasión. Junto a María Marqués, los figurantes que representan a los monjes, los soldados y el personal de palacio que acompañaron a Juana. El desfile incluye actuaciones de actores no profesionales de las compañías Palenque y Pandora que se ocupan de las piezas principales. Miles de personas han acompañado a la reina en los últimos cuatro años que, para el CIT, han sido como un ensayo para que en el quinto centenario, todo salga perfecto.
El desfile tiene cuatro paradas. Comenzará a las 19.30, en la Puerta de la Villa cuando el séquito se acerca. Minutos después, un enviado del séquito de la reina, que solicita, en la puerta del Foraño, que se abra la fortaleza. Simultáneamente, en la Plaza Mayor, las vecinas comentan el ajetreo que hay en sus calles los últimos días. aún no lo saben, pero van a ser testigos de la llegada de Juana a su último destino, después de viajar tres años por media Castilla en un vano intento de llevar a Granada el cuerpo de su difunto esposo. La reina viajaba sólo de noche, evitando las localidades grandes. Se decía que estaba loca de amor, que no le preocupaba la gestión del reino y por eso Fernando tuvo que volver de Nápoles para convertirse en el regente de Castilla. Tal y como explica Zalama, desde que se quedó viuda, a la edad de 26 años, embarazada de Catalina, su sexta hija, Juana no pensaba en otra cosa que en su esposo. Pero no fueron los celos los que la hicieron perder la razón sino una enfermedad de la que ya había dado muestras antes de conocer a Felipe. Por eso Isabel la Católica, cuando la nombró heredera del reino, añadió una cláusula por la cuál Fernando sería el regente si su hija «no pudiera o no quisiera reinar». Tras la muerte de Felipe, al ver el trastorno que sufría Juana, Fernando se encontró con el poder. Pero temía que los nobles reclamaran a Juana como la legítima reina, por eso buscó un lugar en el encerrar a su hija para que la Corte, poco a poco, se olvidara de su existencia. Tordesillas fue el lugar escogido porque estaba cerca de Valladolid, pero a suficiente distancia.
El tercer acto del desfile también sucede en la Plaza Mayor cuando Juana decide volver a Burgos, y Fernando convence a su hija de que se instale en el palacio. La joven cede y la comitiva se dirige al nuevo alojamiento de la reina. Aunque el palacio en el que habitó Juana ya no existe -fue derribado en 1773-, estaba situado junto a la Iglesia de San Antolín, que simboliza el edificio desaparecido. Frente al templo se representará el cuarto acto: la muerte de Felipe el Hermoso. Tras el recuerdo, la reina entra en el palacio. Un portazo es metáfora de los largos años de aislamiento y olvido que Juana tuvo que vivir por culpa de sus familiares, que ansiaban el poder más que el bienestar de los suyos.
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