De la noche a la mañana en el paro y, en cuestión de una semana, un nuevo empleo, que Esther ha cambiado ya por otro, el tercero en menos de un mes. Eso, en época de crisis. ¿Suerte? «Es que somos absolutamente poco exigentes. Trabajo hay, pero en condiciones peores que las que teníamos», contesta Daniel Martínez. Daniel y Esther Mateo son pareja y ex trabajadores de Sitel. Colgaron el teléfono a los clientes de ONO a las diez de la noche del miércoles 28 de enero y en la madrugada del 29 les despertaron para anunciarles que la empresa les daba puerta y lo único que les quedaba ya en su mesa de trabajo era la carta de despido.
«Las formas con las que nos echaron nos paralizaron mucho, pero nos despidieron el jueves y el viernes nos pusimos a mandar currículum. Intentamos objetivar la situación y nos dimos cuenta de que había compañeros con hijos o hipotecas grandes en mucha peor situación que la nuestra», explica Esther. La siembra curricular dio fruto pronto, el 6 de febrero. Acudieron a una entrevista y el lunes 9 empezaron a vender seguros de tarjetas por teléfono. «De teleoperador hay trabajo, pero muy precario y muy inestable», apuntan. Esther volvió a cambiar de empresa esta semana. Su vida laboral sigue ligada al teléfono, en este caso móvil. Atiende en un mostrador de un gran centro comercial a usuarios de Yoigo.
Seguros y morosos
Muchos de los damnificados de Sitel están recalando en tres empresas ubicadas en Valladolid. En una se ocupan vender los seguros de tarjetas de crédito y en la otras dos de cobrar impagos de morosos, uno de los campos, si no el único, en el que el negocio engorda con la crisis. Un trabajo a distancia, vía telefónica, pero bastante ingrato y con poco reconocimiento en euros. Los sueldos para atender a los clientes de ONO no daban para grandes fiestas. Tampoco para pequeñas. En concreto, 820 euros mensuales con pagas extras y pluses varios por una jornada de 6 horas, que menguan ahora a cuenta de una crisis en la que la oferta de trabajo es infinitamente menor a la demanda de aspirantes desempleados. Con este tipo de trabajos y la perspectiva del paro en cada revuelta del camino, Esther y Daniel han diseñado su vida diaria con una economía de subsistencia. «Para la comida y los pagos y se acabó», reconoce Esther. A partir de ahí, ni ropa, ni cafés, ni libros -«nos gusta mucho leer», aseguran- ni caprichos.
A la Edad Media
Antes de aceptar los empleos que tienen, a Daniel y Esther les había dado tiempo a desestimar otros con condiciones que los teletransportaban a la Edad Media haciendo la competencia a los siervos de la gleba. «Fui a una entrevista de trabajo para la recepción de un hostal para trabajar de noche, diez horas seguidas, de lunes a domingo, una semana sí y otra no por 450 euros limpios al mes», explica Daniel.
«Mi padre tiene un trabajo fijo, lleva 16 años en el mismo sitio y se queda alucinado, hasta el punto que nos dice 'pero cómo va a ser eso así'», apunta Esther, al abordar el portazo, sin preaviso de 15 días y con guardias de seguridad que los vigilaban mientras recogían, de dos en dos, su carta de despido y sus enseres personales, de Sitel. No es de extrañar. Forman parte de la generación de padres de la postguerra y la transición y no han dudado en sacrificar lo que fuera en casa porque sus hijos estudiaran y se formaran y ahora los ven peregrinar de trabajo en trabajo con unas remuneraciones y una inestabilidad que ellos creían ya situaciones extinguidas.
Esther es licenciada en Historia del Arte y ha tenido trabajos temporales como guía en Silos o auxiliar de sala en el Museo Thyssen de Madrid. Vista la escasez de empleo en su campo, no dudó en buscar las habichuelas en otros. Ha tenido tarea como camarera y luego recaló en Sitel en octubre del 2004. Daniel estudia 5º de Filología Hispánica y tras un nutrido historial de contratos temporales como almacenista, repartidos o doblador de cajas, por ejemplo, firmó con la compañía de información telefónica en agosto del 2003. Con decir que el empleo de Sitel es lo mejor que han tenido, con un contrato temporal que se ha prolongado durante más de cinco años y un sueldo que a duras penas supera los 800 euros mensuales, está todo dicho en una sociedad que hace bandera de la defensa de los mileuristas. Así está mercado laboral del siglo XXI, aunque más triste es el paro.