Da la impresión de que estamos en una posguerra, hasta el clima se alía con esa desesperanza que parece cundir por doquier y propicia que aparezcan «los fantasmas del invierno»; tomo prestado el título de una maravillosa novela de Luis Mateo Díez. Hacía mucho -aunque tal vez la memoria es frágil y tendamos a olvidar los fríos de cada enero; o acaso el asombro de la nieve se renueva cada temporada y creemos que es la primera vez que la vemos- que no vivíamos un invierno tan crudo, con tanto frío, lluvia y temporales. El bienestar y la confianza influyen hasta en el clima e instalan en nuestro entorno veintidós grados perpetuos, un clima acondicionado que excluye las súbitas variaciones de la Naturaleza. Pero, con esta crisis, han surgido el miedo, el paro, las estrecheces, la desconfianza en el futuro: miramos a nuestro alrededor y vemos que las empresas expulsan a sus trabajadores como si fuesen 'okupas' sarnosos, que el dinero no fluye, que el mañana se presenta pavorosamente incierto y llega el frío, la nieve, la intemperie.
La posguerra se ha asentado entre nosotros, la desesperanza que sucede a la derrota y nieva y nieva sobre las colonias de chalés, sobre las calles comerciales atestadas de carteles de 'Se alquila', sobre las colas del Inem, sobre el miedo de que los bancos puedan quebrar con nuestros ahorros dentro. No se vislumbra la primavera, parece tan lejos como en aquellos años en los que España quedó destrozada después de la guerra, encuentro rastros de aquel miedo en todas las miradas.
Y llegan los fantasmas del invierno, quizá no tan literarios como los de Luis Mateo Díez, pero igualmente temibles. Salen de su madriguera porque empezamos a destruir las barreras que los mantenían cautivos; porque el pánico y el desconocimiento, la ausencia de cualquier idea que pueda remediar esta situación actual, propician su resurrección. Fantasmas del invierno, de este invierno que ha asentado sus reales entre nosotros, en todo el mundo, que acuden como perros fieles cuando se los llama. Noviembre, diciembre, enero... los meses más crudos en los cuentos populares, cuando el sacamantecas, el hombre del saco, el ogro, la bruja mala, el lobo salían a los caminos en busca de niños perdidos. Nevaba, nevaba como no se recordaba, nevaba como ahora no se recuerda. El mundo era un lugar inhóspito al que daba miedo salir. Noviembre, diciembre, enero, estos tres meses más crudos del crudo invierno en los que se ha destruido empleo de una forma feroz y todo se muestra inseguro, inestable, fugaz. Ambiente propicio para los fantasmas, ya están llegando, vienen con la ayuda inestimable de quienes están ahí para protegernos y no son capaces más que de mostrarnos su inepcia, su total inutilidad.
Vamos hacia un mundo de mierda, vuelven los fantasmas del más duro pasado, los fantasmas del invierno. En Inglaterra se levantan voces multitudinarias contra el empleo de los extranjeros, los ingleses hacen huelgas reclamando que el trabajo inglés ha de ser para los ingleses. En Italia, el Gobierno convierte a los médicos en delatores, quiere obligarlos a denunciar a cualquier emigrante sin papeles que reclame asistencia sanitaria. Recuerda tanto a otros tiempos, a otras denuncias... A la vez, ese mismo Gobierno emprende una cruzada miserable para mantener viva a una pobre muchacha que lleva 17 años convertida en un vegetal. En EE.UU. -y en España- se dice que todos los productos que se consuman han de ser nacionales, la autarquía resucita y nadie parece recordar adónde condujo aquel mundo que echó un candado a su alrededor en los años treinta del siglo XX. En Rusia se corta el gas que elimina los fríos de la Europa más fría, Putin convierte en arma política el hielo, la casa helada, el alma que tirita.
Fórmulas viejas, antiguos rituales como ancestrales amuletos que tienen el poder de invocar a los fantasmas, de aprovechar y de potenciar los miedos generales y que nunca han dado otro resultado que la desesperación y la miseria. Y, como nadie se atreve a utilizar armas nuevas, a probar métodos novedosos que nos saquen de esta angustiosa situación, se recurre a los más antiguos trucos: el racismo, el proteccionismo, el fomento del odio a lo diferente, la culpa al forastero. Los fantasmas del invierno, los que vemos cuando la niebla empequeñece el mundo, cuando la nieve nos impide caminar, cuando el frío congela nuestras piernas, cuando la noche se cierne a nuestro alrededor y todo son amenazas.
Tendremos que defendernos, habrá que habilitar recursos para que quienes nos gobiernan comprenden de una vez por todas que de esta crisis no se sale resucitando un mundo viejo, sino construyendo uno nuevo. Refugiándose en lo antiguo, tratando de poner parches en la creencia de que las cosas retornaran a ser lo que fueron no hacen más que aliarse con la climatología e invocar a los fantasmas del invierno que recreó Díez en su novela. Hasta que no entiendan eso, seguiremos condenados a un desastre cada vez mayor y nuestras vidas irán empeorando a un ritmo imparable. Pasó el tiempo, señores, de los mediocres administradores y hoy necesitamos estadistas, ideólogos que sueñen un mundo nuevo y se atrevan a ponerse manos a la obra. De lo contrario, reitero, la sociedad tendrá que tomar sus medidas para quitarse de encima tanta mediocridad, tanta ceguera, tanto peligro.