Vista desde lejos, la capital Lituana es un hervidero de campanarios más o menos coloristas, parques y callejuelas adoquinadas. Vista de cerca lo que bulle de verdad es la cabeza y el corazón de sus artistas, de sus pensadores, de sus estudiantes. No hay otra manera de explicarse la rareza y originalidad de un barrio entero, Uzupis, autoproclamado 'república independiente' por sus habitantes, un 'nido' de artistas, bohemios, soñadores y okupas que, dando lugar a una broma que cada día se vuelve más y más grande, nació 'oficialmente' en 1998. El espíritu ácrata y libertario que caracteriza esa zona, vecina del casco antiguo y formada por calles estrechas y viviendas bajas, más o menos humildes, se acabó plasmando en una paródica 'constitución propia' con 41 puntos, en la que se manifiesta el derecho a tener agua caliente, por ejemplo.
Tienen Primer Ministro, sus propias señales de tráfico y su día, el Día del Loco, en el que guardias con divertidos disfraces se dedican a sellar pasaportes jocosos a quien pasee por sus calles. Con el tiempo, esta república de broma, que gira en torno a la plaza en la que se alza el Ángel de Uzupis, ha pasado de ser una zona marginal de la ciudad a ser el barrio escogido por arquitectos, artesanos y artistas tanto para vivir como para abrir galerías de arte y talleres.
Quizás esas ganas de romper con lo establecido sin perder el sentido del humor no sea más que la consecuencia de una historia tan larga como ajetreada y convulsa. Lituania fue una poderosa nación entre los siglos XIV y XV. Después, hasta su declaración de independencia definitiva en 1991, las ha visto de todos los colores viviendo a lo largo de los siglos bajo el dominio de media Europa, especialmente de Polonia y Rusia. Tras un breve periodo de independencia al finalizar la Primera Guerra Mundial, el horror nazi se adueñó del territorio para pasar a continuación a sufrir las maneras dictatoriales que la Unión Soviética impuso a todas las repúblicas que tuvo bajo su control. Es indudable que toda esa historia de represión y opresión que las potencias extranjeras han ejercido sobre Lituania, con episodios aún demasiado recientes como para ser olvidados, está también en el ansia con que los lituanos viven su regreso al mundo libre, a una Europa que sienten tan en su corazón que hasta tienen un parque, muy cercano a Vilna, en el que un monumento señala, según el Instituto Geográfico Francés, el centro geográfico del continente. Tanto, que Lituania fue la primera nación de la Unión en dar el sí a la Constitución europea.
Pero a pesar de tantas guerras y ocupaciones, o historias de exterminios como la que acabó con la comunidad judía durante la Segunda Guerra Mundial, o puede que por eso, Vilna es una ciudad peculiar en su fisonomía y bien distinta de las capitales de las repúblicas bálticas vecinas, Estonia y Letonia. Es la ciudad barroca más grande al norte de los Alpes y adolece de una compleja personalidad en la que se funden el colorido nórdico, la uniformidad propia de los países del Este y las corrientes artísticas llegadas del sur de Europa: Vilna es una ciudad rodeada de montañas, bosques verdes y lagos en cuyo corazón se agolpan iglesias y monasterios católicos junto a edificios pertenecientes a otras confesiones, como iglesias ortodoxas, mezquitas o sinagogas.
Ese corazón, un hermoso casco histórico plagado de estrechas calles adoquinadas, restaurantes, tiendas de antigüedades y pequeños patios a los que es obligatorio asomarse si uno quiere sentir la verdadera esencia de la ciudad, fue declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 1994. Su arteria principal es la calle Pilies, la más antigua de Vilna, que lo atraviesa de parte a parte uniendo la puerta de La Aurora -la única que queda de las nueve que tuvo su muralla- con la plaza de la Catedral. Puede que este edificio, convertido en símbolo nacional, represente como nada el espíritu ecléctico del pueblo Lituano.
Un lobo de hierro
Sus orígenes se remontan al templo pagano que los lituanos levantaron al dios del trueno, cuyo culto mantuvieron durante siglos, al tiempo que la costumbre de albergar en su interior una hoguera siempre encendida. El último pueblo de Europa en renunciar al paganismo de forma oficial transformó aquel edificio en una catedral católica con forma de descomunal templo romano.
Los soviéticos, más prácticos, la utilizaron como galería de arte hasta que, en 1989, se volvió a consagrar. En su interior destaca la capilla de San Casimiro, patrón de Lituania. Otro de los templos imprescindibles en un recorrido por Vilna es el de San Pedro y San Pablo, en cuyo interior, inmaculadamente blanco, alberga decenas de esculturas, también blancas, pertenecientes a artistas italianos de los siglos XVII y XVIII. Vilna siempre ha presumido de su Universidad. Fundada en 1579, es una de las más antiguas de Europa. Esa larga historia ha devenido en un complejo arquitectónico formado por multitud de edificios, todos ellos con el inconfundible poso que dejan el saber y el paso de los siglos cuando corren de la mano, interconectados por 13 patios en los que se mezclan el ajetreo de la vida estudiantil con el incesante pulular de los turistas. De todos, el rincón más emblemático es su biblioteca, la más antigua de Lituania.
Una buena panorámica de todo este conjunto urbano se tiene desde lo alto de la torre de ladrillo rojo que corona la colina de Gediminas, el único resto que queda del castillo erigido por el fundador de la ciudad hacia 1323. Según la leyenda, el gran duque Gediminas, que residía en la cercana fortaleza de Trakai, llegó en una cacería hasta la confluencia de los ríos Neris y Vilnia. Y fue allí donde soñó con un enorme lobo de hierro cuyo aullido sonaba como si fueran cien. Aquella fue la señal para fundar en este lugar una nueva ciudad, tan invencible como aquel lobo de hierro y tan soñadora como el gran duque que un día la imaginó.