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Segovia

OPINIÓN

29.01.09 -

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S IEMPRE que se producen en la historia de la humanidad procesos cíclicos de dificultad económica (ahora comenzamos en España esa crisis), se alertan los dispositivos de determinadas personas o grupúsculos con escasos escrúpulos que intentan nadar a favor aun a costa del prójimo. Y siempre que se cierran puertas (casi siempre para las capas más desfavorecidas) se abren ventanas con reclamos de solución aunque se disfrace el nudo que terminará ahogando al necesitado de ayuda.
Parece claro que la situación dibujada en nuestra sociedad en este momento reclamaría una atención especial del Gobierno, que -por otra parte- no tiene poco con mantenerse a flote y sostener el bote del naufragio económico en el mar revuelto de la recesión universal. De modo que al escaso apoyo que encuentra buena parte de la ciudadanía de las escalas inferiores a su dramática situación generada por el desempleo en las pequeñas ayudas de un subsidio (en el mejor de los casos) evidentemente insuficiente para una subsistencia digna, se unen tremendas dificultades crediticias, endurecimiento hipotecario y escasez de recursos o ahorros propios.
Ante este panorama han de surgir fórmulas que acerquen a esas capas acorraladas por la adversidad el espejismo de los prestamistas privados. Todos sabemos que caer en la red de estos desaprensivos no ataja de ninguna manera el mal aunque aparentemente suponga una especie de analgésico temporal de graves contraindicaciones. No hay que tener un gran sentido vaticinador para intuir la aparición de esa especie: la de los prestamistas. Figura bien frecuente en tiempos de dificultad como se sabe. A raíz de una situación económica aparentemente boyante se descuidó el ahorro personal y desaparecieron aquellos Montes de Piedad donde la tragedia familiar que producían aquellas crisis en las resentidas economías familiares, se aliviaban temporalmente con el depósito de escasas y modestas pertenencias (muchas veces más de valor afectivo que real) a cambio de unos denarios siempre insuficientes y difícilmente reembolsables. Es en ese marco de necesidad donde surgía y surgirá la figura del especulador, del prestamista usurario. Si prácticamente se abolió el Monte de Piedad, qué duda cabe que las casas de aquéllos se convertirán por lógica en pequeños montecillos que acabarán asfixiando al atribulado ciudadano. Siempre es de desear que el tránsito de esas situaciones hacia albores más risueños sea lo más rápido posible y lo menos cruel. No parece que pueda intuirse una mejora a corto plazo. Cabe esperar que se genere un fuerte espíritu de ayuda con el hermano necesitado en la medida que sea posible.
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