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47.315 lectores diarios RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 12 febrero 2012

Cultura

CULTURA

Acantilado publica la relación epistolar que el escritor mantuvo con Lou, una de sus amantes
21.12.08 -

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Puro Apollinaire
Apollinaire en casa de Eugène Monfort, en 1909.
En 1914, el escritor Guillaume Apollinaire conoció en Niza a la horma de su zapato, Louise de Colligny-Chatillon. La mujer tenía entonces 33 años, uno menos que el artista, y estaba divorciada. Él, por su parte, andaba ávido de experiencias con que inspirarse para nuevas obras. Ya entonces era conocido por su trabajo vanguardista y provocador, como reflejaban algunos de sus títulos, por ejemplo 'Las once mil vergas', publicado entre 1906 y 1907 con sus iniciales. Ambos se lo pusieron muy fácil. Horas después de haberse visto por primera vez, en un restaurante llamado Boutteau, en la capital de la Costa Azul, ya habían iniciado su cortejo sin tapujos.
Todo empezó como un juego. O al menos, eso parecía. Apollinaire estaba acostumbrado a la vida azarosa. Sus trabajos eran fiel reflejo de su trayectoria resoluta y audaz. Enseguida se dejaba embriagar por la belleza. Por su parte, Louise, o Lou, como la acabaría llamando el escritor, se había desembarazado ya de sus compromisos, y vivía de manera resuelta su feminidad. Era lo que se dice una adelantada a su tiempo.
Todo podría haberse quedado ahí, un simple y pasajero devaneo entre dos personas de sexualidad desinhibida, pero no fue así. El creciente interés del artista por Lou y la actitud cínica de ésta enredaron a la pareja en una relación turbulenta y llena de altibajos. Una historia que llega a nuestros días gracias a la vibrante y casi diaria correspondencia que mantuvieron los amantes hasta principios de 1916.
La editorial Acantilado acaba de publicar precisamente 'Cartas a Lou', el epistolario completo del escritor. Son 533 páginas en las que se recogen los anhelos de Apollinaire, pero también parte de su vida en el Ejército, que transcurrió paralela a su relación con Louise. A través de esas cartas, numeradas y fechadas, el lector se hace idea de cómo fueron esos años para el artista, los cambios trascendentales en su vida y su obra, además de la transformación de su amor.
Se trata de textos palpitantes, en muchos casos, que desnudan al hombre que fue Apollinaire, no sólo al escritor. En ellos, el francés, de origen polaco, se muestra tal cual es y retrata a la sociedad en la que vive. Las cartas se suceden casi a diario desde el 28 de septiembre de 1914. Ese día, el escritor confesará a Lou que la ama, tras haber mantenido un encuentro la noche anterior en casa de un amigo durante una fiesta para fumar opio. Y Lou se dejará.
Son sólo algunas semanas en las que Apollinaire escribe dirigido por una fuerza arrolladora. Se deja el corazón en el papel y su deseo parece aún vívido cuando rememora los encuentros y paseos con su amante. Citas casi furtivas en las que se suceden los encuentros sexuales que luego desgranará el artista de manera exquisita en sus epístolas. Es la pasión.
Sin embargo, a partir del 6 de diciembre todo cambiará. Apollinaire parte para Nimes y se incorpora al 38º regimiento de artillería de campaña. Su sueño de participar en la guerra se va haciendo más corpóreo, al tiempo que el amor de Lou se desvanece, si es que ella lo amó en algún momento. A partir de entonces, el lector percibe de forma gradual la frustración del artista en cada escrito. Es la tormenta.
Lou escribe, pero no con tanta cadencia como el amante desea, y no parece colmar las necesidades del ahora soldado. Las cartas se convierten en continuas peticiones, desesperadas en algunos momentos, de respuesta por parte del escritor. Y estos tres ingredientes (pasión, tormenta y crueldad) conforman la droga que engancha al futuro oficial del Ejército. En el fondo, con sus dudas y sus deliberados desdenes, Lou se convierte en la amante perfecta para quien es un confeso seguidor de la doctrina del Marqués de Sade.
Fantasía
Será un año de relación epistolar salpicada con algún encuentro carnal durante los permisos de Apollinaire, en los que poco a poco se apaga el deseo por Lou y se enciende de nuevo por otra mujer, llamada Madeleine Pagés. A ella la conocería durante la primera Navidad tras ser reclutado, a la vuelta de su visita a Niza, en la que comienza a darse cuenta de que la sombra del gran amor que vio en Lou fue una fantasía.
El artista entablará conversación en el tren con la joven profesora. Y antes de despedirse intercambiarán direcciones: una nueva relación epistolar que acabará en un romance menos ardiente que el de Lou, pero que llevará a Apollinaire a ser reconocido como el novio oficial de Madeleine Pagés meses después.
Las cartas del artista son auténticos ejercicios literarios y, en algunos casos, van acompañadas de pequeños poemas para su amante.
En ellos, Apollinaire mostrará su agudeza y su capacidad para crear figuras con y a partir de las palabras. Un número importante de los poemas a Lou son caligramas. Ejemplos perfectos de por qué se le ha considerado uno de los primeros surrealistas.
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