Con las ganas. Así se quedaron todos los que ayer se dieron cita en el coso del Paseo de Zorrilla. Con las ganas de ver a aquel torero capaz de cortar siete orejas en dos tardes en Las Ventas, capaz de poner de acuerdo a todos; tomasistas o no tomasistas, capaz de matar un toro y recoger la oreja con una cornada en el cuello que le rozó la yugular. Ayer ni gota de esa épica.
La plaza estaba a reventar, seis años después, mismo protagonista en el ruedo. En estos momentos, es el único que llena las plazas hasta la bandera, pero ayer no fue su día. Ayer no estaba cómodo, se notó de inicio en el segundo toro. No se veía a ese
José Tomás clavado en el albero. Esa quietud que le caracteriza no llegaba. Demasiado movimiento que deslucia la lidia. Fue en las tres últimas tandas en las que apareció esa calma, ese dominio y el valor. Con los pies pegados a la arena se pasó al toro ceñidito al cuerpo. Con el estoque verdadero dibujó una tanda de manoletinas para calentar el ambiente. Estocada en lo alto y una oreja, la única, algo que nadie pensaba, nadie. La desilusión fue máxima en el quinto de la tarde. Sí hubo quinto malo. No lo vio el de Galapagar. Salía muy suelto de la muleta, mirando al tendido. Tomás lo pasaportó tras tres series.
Y le tocaba a Perera, al torero, ¡qué temporada lleva el pacense! Aúna, en todo lo largo que es, inteligencia, técnica, valor, quietud, temple y control. Su primer toro, de muy buenas hechuras, fue descordado en el caballo y salió uno de La Palmosilla en su lugar.
Instaló sus zapatillas en la arena, y de allí no se movieron en una tanda de verónicas de inicio, de buen comienzo. Algo que precedió a un espectacular quite por gaoneras que hizo estallar el tendido. Arrancó la faena de muleta en los medios, en el centro del platillo, citando de lejos y se lo pasó por detrás, hasta dos veces lo repitió. Después del adorno, ¡menudo adorno!, era momento del mando, de ponerse y saber donde; encima del toro, imponiéndose a él y plantándole cara. Tandas de derechazos largas, eternas, de mucho temple y fijeza.
Estocada en todo lo alto que fulmina al toro. La plaza, teñida de blanco. Puerta grande a la primera.
Manolo Sánchez tuvo un bombón en el primero, que entendió a la perfección. Toreó sublime. No daba tiempo a cantar un olé, porque el siguiente asomaba ya por la garganta. Ligadísimo todo, aprovechando la inercia del morlaco. Por el pitón izquierdo no tenía fuerza, por lo que poco tiempo tuvo las telas con la zurda el vallisoletano. Se palpaban las dos orejas, pero naufragó, pinchó dos veces y el triunfo se le fue.