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27.08.08 -

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D eprisa y con una cierta alevosía -el verano es tiempo en que la conciencia crítica de la sociedad baja la guardia más de lo habitual- el Ministerio de Cultura ha decidido cambiar el nombre, y me temo que también la esencia, del Museo Nacional de Escultura de Valladolid, el más importante de nuestra ciudad, ante la pasividad general.
Creado como tal en 1933, durante la Segunda República, su denominación no hacía sino proclamar la brillante superioridad que en esta rama de las Bellas Artes tenía el Museo Provincial de Valladolid sobre muchos otros de su mismo rango. El entonces Director General de Bellas Artes, Ricardo de Orueta -persona de acusada sensibilidad artística, que se aproximó a algunos de los grandes maestros de la escultura española con una visión llena de originalidad- pretendió así reconocer la trascendencia de la escultura que atesoraba, forjada en el Renacimiento y mantenida en el Barroco. Frente a otros grandes focos artísticos de esos periodos -la Corte y Sevilla esencialmente- en los que pintura y escultura compartían la cima de la estimación social, Valladolid fue históricamente una ciudad de escultura. Es verdad que el Museo conserva y muestra también notables pinturas; no podía ser de otro modo pues el origen de la colección está en la Desamortización del siglo XIX que, al suprimir los conventos, dejó en precario la gran riqueza artística mueble que atesoraban. Pero el Museo de Valladolid era, y sigue siendo, esencialmente escultura, armónicamente complementada con la pintura, una coexistencia que propicia el mantenimiento de la memoria histórica de siglos de esplendor artístico. Porque el Museo Nacional de Escultura es -perdón, era- esencialmente un museo histórico; pero también un museo vivo
Creo inevitable una pregunta: ¿era necesario ese cambio? Parece evidente que las cosas deben modificarse cuando no funcionan; no es preciso, ni siquiera útil, cambiar por cambiar. Primero el nombre: llamarlo Colegio de San Gregorio ¿esclarece la información sobre su contenido? Pensemos qué imaginaría encontrar alguien desconocedor de sus fondos tras ese nombre: ¿acaso una institución docente?, ¿quizá los tesoros de un cenobio determinado? o ¿una colección de música sacra...? Es cierto que vivimos una época en que los 'contenedores' culturales importan a veces más que su propio contenido pero generalmente sucede cuando este último es pobre. El edificio de San Gregorio es magnífico en sí mismo, pero no parece necesitado de 'ponerlo en valor' -algo que en todo caso ya se ha hecho con su restauración- puesto que siempre ha sido patente la perfecta simbiosis entre su arquitectura y la colección que alberga. Por otra parte, el Museo posee otros edificios, también singulares y excepcionales; no hay más que visitar -háganlo antes de que sea demasiado tarde- la actual instalación del Museo en el Palacio de Villena, modélica a mi juicio y al de muchos especialistas.
Tanto o más grave que el cambio de nombre puede ser la pérdida de la identidad del Museo. Se exponen grandes propósitos de futuro para la institución, que, se diría, agonizaba al presente hasta que una mano redentora ha venido a rescatarla. Leemos en la prensa que el nuevo patronato trata de «nvolucrar a todas las instituciones para tener mayor influencia y valor en el mundo de los museos», cuando lo cierto es que no sólo las ahora nombradas, Junta de Castilla y León, Ayuntamiento de Valladolid, Arzobispado y Real Academia de Bellas Artes, formaban ya parte del antiguo, sino que se han suprimido las representaciones de la Diputación Provincial -que de manera muy directa venía colaborando con el Museo-, la Universidad de Valladolid y la Academia de San Fernando. De igual modo, las personalidades -sin duda de prestigio en la historia, el arte y la museología- que se han integrado en él vienen a sustituir a otros profesionales del mismo valor y, me atrevería a decir, incluso más vinculadas científicamente al contenido de la colección.
Para justificar el cambio, se habla de integrar plenamente al Museo en la Red de Museos del Estado, ¿acaso no lo estaba?; de potenciar la celebración de conferencias, talleres, etcétera. ¿Qué se hacía hasta ahora? Lo que es más peregrino: el Museo «contará con un centro de estudios dedicado a la escultura», se dice. ¿A qué se ha dedicado hasta ahora el equipo de profesionales integrado por conservadores, restauradores, etcétera? Cualquiera que se interese por el patrimonio histórico y carezca de prejuicios al respecto debe reconocer la radical transformación que el Museo ha experimentado en los doce últimos años. Para testimonio de ello están las hemerotecas y el Boletín del Museo Nacional de Escultura, publicación de la que acaba de aparecer el número 11, que refleja toda la actividad del Museo durante ese periodo. Además de la propia existencia de esta revista, con artículos científicos relacionados con la escultura fundamentalmente, a modo de recordatorio podría citarse que el número de visitantes ha pasado de 68.968 a 104.085; que la colección se ha incrementado con piezas de gran calidad y de muy variado registro, buscando para el Museo un carácter más cosmopolita y atractivo; que al menos once exposiciones han mostrado, no sólo en Valladolid sino también en otras ciudades españolas, algunas de las joyas que atesora.
Me parece de justicia recordar que todo esto ha sido posible gracias a la profesionalidad, la capacidad de trabajo y el entusiasmo por el patrimonio a ellos confiado que han demostrado los miembros del equipo dirigido por Jesús Urrea; será difícil mejorar su buena práctica. Me consta que mi sentir particular está respaldado por muchas otras voces, entre profesionales del Arte y la Cultura y, desde luego, entre los miembros de la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Escultura.
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