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15.07.08 -

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La guerra de nuestros padres
L AS guerras y nuestros padres, por desgracia hasta mi generación, siempre han guardado una estrecha relación. La del 14, la mundial, la carlista y la más cercana, la guerra civil española. Desgraciadamente, cada generación sufre las consecuencias de estos episodios.
Pero ayer, en Medina de Rioseco, disfruté con los rostros y las sonrisas de los figurantes, me divertí con el sonido de los cañonazos y disparos, y el olor a pólvora me resultó incluso agradable. Hasta las armas y los uniformes me hicieron reír. Curiosa sensación la mía, 200 años después. Me imagino a mi bisabuela en Montealegre y a los habitantes de Meneses, de Villalba de los Alcores, de Palacios o de Medina de Rioseco en esas mismas fechas y en el mismo escenario del Moclín, batalla que tan oportunamente recreamos estos días. Seguro que el pánico se adueñó de las poblaciones. No fueron, precisamente, días de fiesta. Pero la historia es así, ayer tragedia, hoy anécdota. Aunque, como todos sabemos, son lecciones que conviene aprender.
El ejército francés fue de lo más violento. Produjo daños irreparables en el patrimonio pues no dudó en expoliar, violar, matar y arrasar lo que se le puso por delante. Dos siglos después, en el mismo escenario y con los uniformes casi calcados, más de 20.000 personas disfrutaron de la fiesta de la batalla en un acto enmarcado dentro del bicentenario de la Guerra de la Independencia.
Con el tiempo, el dolor se fue olvidando y lo que fue una tortura trágica con los años es anécdota y recuerdo sereno. Cuando te vas haciendo mayor empiezas a entender que la historia no es algo que solo cuenten los libros, pues también la han hecho los miembros de tu familia, los de tu entorno más cercano y los de tu pueblo. Siempre hay en la familia algún miembro dispuesto a relatar. Mi curiosidad de niño me hizo preguntar en muchas ocasiones y pegar el oído a las conversaciones de los mayores cuando hablaban de la guerra, de los rojos, de los nacionales, de los fusilamientos, de mi tío Javier que mataron en el frente, de la abuela Teófila que metieron en la cárcel por quitar el crucifijo de la escuela... la pobrina, si era una santa católica. Y los aviones, y las bombas, y los cementerios sin tapias...
La memoria histórica es un libro enorme que se termina de escribir solo con el tiempo. Qué sueño el día que, con los mismos mimbres, seamos capaces de escenificar la guerra civil española como hoy lo hacemos con las batallas medievales, con las luchas de arévacos y romanos o con los asaltos al castillo feudal.
El fenómeno de las recreaciones históricas está proporcionando en esta región una clase teórica y divertida en la que el común interviene desterrando toda interpretación que nos convierte en paisanos poco dados a participar. Miles de personas anónimas, familias enteras, asociaciones culturales e instituciones locales están reescribiendo la tragedia en un pacífico libro de la historia.
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