Por fin llegó el gran día. Desde primera hora de la mañana las calles y plazas de la localidad se disponían a recibir a miles de personas venidas de puntos tan diversos como Toulouse, Palermo, Londres o Málaga.
En avión, en caravana, en autobús, en moto y hasta en bicicleta, cualquier vehículo era bueno para llegar a Rioseco y presenciar los actos organizados con motivo de la conmemoración del Bicentenario de la batalla del Moclín, que hace ya doscientos años enfrentara al ejército más poderoso del mundo contra los ejércitos de Galicia y Castilla.
Entre los soportales de la Rua, los vecinos que acudían como cada día a comprar el pan o el periódico, miraban entre el asombro y la simpatía a los soldados, que uniformados y con el sable en la cintura, hacían cola para comprar unas ricas pastas o rosquillas «porque dicen que las de Rioseco son las mejores».
Brindis con un Ribera
También las terrazas de los bares lucían uniformadas, y era curioso ver cómo junto a un turista que disfrutaba de su cerveza en compañía de amigos, en otra mesa un 'gabacho' con galones de general, brindaba con un buen Ribera junto a sus compañeros de batallón.
La hostelería, que estos días ha duplicado sus provisiones y personal de servicio, está viendo satisfechas sus expectativas «se está trabajando bien» afirman.
El buen tiempo también acompañó, aunque las temperaturas bajaron y no estorbaba una chaqueta. Los restaurantes han tenido los comedores a tope y hay quien ha tenido que conformarse con comer una ración e incluso un bocadillo.
Durante todo el día cientos de personas se acercaron a visitar el campamento de época ubicado en el polideportivo municipal, para ver a los soldados y a las mujeres, que eran las encargadas de estar al tanto de los fogones y del avituallamiento.
Algunos recreantes, han querido mantener la autenticidad de su personaje hasta tal punto, que han dormido sobre colchones de paja a ras de suelo.
El desfile de tropas por la mañana ya vaticinaba lo que horas más tarde estaba a punto de ocurrir. Sobre las 19.00 horas la caballería francesa con el general Bessière al mando, se abría paso por la calle Mayor.
Detrás, los batallones de los distintos regimientos de infantería y artillería marcaban el paso. Muchos turistas apuraban sus refrescos en las terrazas para presenciar el desfile que recorrería la Plaza Mayor, San Buenaventura, Antonio Martínez y tras pasar por la histórica puerta de Ajujar, cruzar el puente sobre el río Sequillo y tomar posiciones en el campo de batalla.
500 figurantes
Miles de personas, quince mil según la organización, en forma de serpiente, se extendían a un lado y otro del río y del lugar acordonado para presenciar la lucha de los dos ejércitos en la que participaban más de medio millar de figurantes.
De pronto un estruendoso cañonazo provocó los primeros «ooohhh!!!». Los franceses cargaban sin piedad contra los españoles, que defendían las posiciones más próximas a la ciudad. La imponente caballería galopaba con furia hacia su objetivo: la victoria.
«¡Vive la France!» gritaban amenazantes. Del otro lado, el general Cuesta ordenaba cargar y disparar para defender sus posiciones. «¡A por ellos!». El olor a pólvora y una intensa humareda producida por el galope de los caballos ponían mayor emoción al encuentro.
El arrojo de las mujeres españolas, que pistola en mano avanzaban hacia el enemigo, arrancó los aplausos y la admiración de los espectadores. «Si hubiera habido más mujeres en el campo de batalla los españoles habríamos ganado la guerra», exclamó una voz de hombre entre público.
El respetable no dejó en ningún momento de animar a los españoles, que sin embargo, y como dicta la página de la Historia, no pudieron con la profesionalidad del ejército napoleónico.
Al grito de «¡Retirada!» y con numerosos heridos y muertos -que milagrosamente se volvían a poner en pie entre la risa de los espectadores-, las tropas españolas se replegaron ante la puerta de Ajujar para evitar el desastre y que el enemigo asediara la ciudad.
Un intenso cuerpo a cuerpo con numerosas bajas, no logró sin embargo remediar la entrada de los galos a la Ciudad.