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Valladolid

11.07.08 -

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LOS primeros contactos bélicos de los franceses con los castellanos no les pudieron ser más favorables, así es normal que en las crónicas iniciales de su guerra en España nos traten con desdén, prepotentemente, con desprecio: esa gente atrasada y fanática que se resiste a la revolución, al triunfo de la razón; esa gente que come guisos asquerosos y bebe vinos horribles; esa gente que viste vestidos que parecen de pobres del teatro antiguo francés, de paños ásperos y descoloridos; que vive en chozas de barro.
Desde luego, militarmente hablando, lo nuestro fue derrota tras derrota. Primero la de Torquemada. Lo de la villa palentina no supuso ni un mero roce, solamente una pequeña muestra de lo que los napoleónicos eran capaces de hacer. A Torquemada le cabe el dudoso honor de haber sido la primera población española asolada por los invasores, el de haber sido hecha tabula rasa cuidadosa y premeditadamente. Lo que los franceses quisieron transmitir al resto de los peninsulares fue: mirad y aprended, todo el que se enfrente a nosotros quedará igual que Torquemada. Ya se sabe, lo de 'cuando las barbas de tu vecino veas pelar, echa las tuyas a remojar'. Hay que confesar que la destrucción tuvo su efecto: antes de que Lasalle llegase a Palencia, las autoridades salieron a decirle que ellos no iban a hacer nada, que tranquilo.
El segundo encuentro, que no encontronazo, fue el de Cabezón. Si en Torquemada los castellanos habíamos aprendido que enfrentarse a los franceses significaba la ruina, en Cabezón nos dimos cuenta de que el entusiasmo por sí solo no servía para derrotar a un ejército profesional, por muchas cruces de iglesias y pendones del Santo Oficio de la Inquisición que llevásemos al frente.
Lo cuenta el profesor Celso Almuiña, que la gente de Valladolid acudió con su tortilla a ver desde el monte la batalla contra los galos. Unos cinco mil reclutas armados de mala manera y que habían sido entrenados durante unos pocos días en la explanada que entonces era el Campo Grande. Fue como un partido de rugby entre un equipo de la liga francesa y otro de un colegio vallisoletano de bachillerato. Ni se sabe el número de muertos exactos que hubo. Ni se sabe dónde fueron a parar los cadáveres. Nadie apareció por allí en semanas, como tampoco en Torquemada, donde tuvieron que ser el cura y el escribano de un pueblo próximo, Villamediana, los que sepultasen los restos ya secos que fueron encontrando en el mismo lugar donde se hallaban. La familia de un futuro catedrático de medicina en Madrid, el doctor González de Sámano, perdió allí todo rastro de su padre. Salió armado junto con los profesores y alumnos de la Facultad de Medicina y nunca más volvió. Y la tercera enseñanza nos vino de la batalla de Rioseco: no se debe pelear contra los franceses si no se tiene un ejército comparable al suyo en profesionalidad. Si hubiese sido cosa de infanterías, las cosas habrían ido de otra manera, pero la gran superioridad de los franceses estaba en la caballería y gracias a ella ganaron los primeros combates en campo abierto. Claro, que a la batalla de la Ciudad de los Almirantes se unieron otras dos circunstancias negativas, propias de un país caduco. En primer lugar la dicha falta de caballería y de artillería, en segundo la falta de calidad de nuestros generales.
En la España de aquellos tiempos había más jefes que indios, por utilizar una expresión popular, y general podía ser cualquiera, pero solamente de título; generales de verdad, con tropas a su mando había pocos. ¿Y qué es un general sin soldados? Nada. Las tropas eran la herramienta para ascender y cobrar fama en el ejército y en la política y así los generales españoles, como Blake, pensaban más en no perder su ejército particular que en arriesgar. En Rioseco se dieron cita, por nuestra parte, dos al uso, Cuesta y Blake, cada uno con su tropa, los ejércitos de Castilla y de Galicia respectivamente, que frente a Bessieres hicieron la guerra cada cual a su manera: Blake a la defensiva y Cuesta a lo loco. Así Blake se subió al páramo de Valdecuevas -el Moclín significó poca cosa en la batalla- y Cuesta se quedó junto a la ciudad, separados uno y otro por cerca de dos kilómetros de campo vacío.
Bessieres, desde Palacios, no pudo creer que le concediesen tanta ventaja. Hasta debió desconfiar. ¿No será un truco? ¡No podían ser tan malos! Pero dado que no había indicios de trampa, hizo lo que tenía que hacer. Los españoles habrían doblado en número a los franceses si hubiesen estado juntos, pero tal y como estaban, la ventaja numérica no existía. Así atacó primero a Blake en el páramo y tras derrotarlo pudo dirigirse contra Cuesta.
La de Rioseco fue una batalla en dos tiempos, o dos batallas en una batalla, en la que la caballería jugó un papel esencial. Los historiadores se han preguntado por qué Bessieres no aprovechó la ocasión para cebarse con los ejércitos de Castilla y de Galicia en fuga. Se le acusó y se le sigue acusando de indecisión. Si hubiese lanzado la caballería contra los fugitivos. Pero los conocedores del terreno, como el coronel José Luis Fernández, riosecano y experto en el acontecimiento, saben bien el por qué: los caballos a aquellas alturas de las dos de la tarde del 14 de julio debían estar exhaustos y muertos de sed. ¿Emprender la persecución del enemigo sin darles de beber? ¿Y dónde encontrar abrevaderos para tantos? No era, ni es, fácil en Rioseco, no.
Napoleón dijo que el triunfo de Rioseco había puesto en el trono a su hermano José, pero también a él le quedaban muchas cosas que aprender. Los castellanos habíamos entendido que enfrentarse al enemigo en una población implicaba la destrucción de la misma, que para enfrentarse a él había que organizarse como ejército regular y que aún como ejército regular, en campo abierto y sin artillería ni caballería comparables, poco había que ganar. Napoleón comenzaría a aprender, desde Rioseco, que esto no era Alemania, donde, cuando perdía el ejército, el pueblo se quedaba quieto. Aquí no. Los franceses estaban a punto de familiarizarse con la palabra guerrilla.
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