EL afamado economista Emilio Ontiveros ha dicho que la crisis que padecemos «es una purga por los excesos del pasado». Ha dado en el clavo: no era posible que el milagro español superara al alemán. En España, milagros, sólo los de alguna virgen en el imaginario popular. Se intuía, se veía venir, que esto iba a ser la caída del Imperio Romano, pero siguieron las bacanales de irrealidad. Les preguntabas a los promotores que cómo era posible vender tantos pisos y tan caros si gran parte de los posibles compradores eran mileuristas y te contestaban como a mí uno: «Yo no sé, pero cuanto más construyo, más vendo». Otro me aseguró que en su pueblo (grande) la población era la misma de hace treinta años y que en cambio había cinco mil pisos más. «¿Quién los compra entonces?», le pregunté: «Ah, no lo sé, pero el caso es que los compran». Total que, al tirón de la rueda, gran parte de la gente dedicada a este negocio siguió comprando suelo y construyendo pisos sin parar. Ahora, de repente, el caos de Estados Unidos con las hipotecas ha infectado al sistema europeo y hete aquí que nos vemos metidos en una crisis de verdad, por mucho que Zapatero se niegue a reconocerla. Ni los bancos ni las cajas facilitan para nada la compra de viviendas, ni hay alegría para meterse en créditos, y mucho menos viendo que el Banco Europeo sigue subiendo el Euribor y el petróleo promete más disgustos y rejonazos económicos.
Si escuchas a la gente, de todo tipo y condición, descubrimos que estamos instalados en una crisis de caballo, a pesar de que Botín y su Santander, como siempre, se forren. Salir de este atolladero no va a ser fácil, y desde luego no se va a conseguir mediante el barniz de congelar los sueldos de los altos cargos. Necesitamos retomar la confianza, pero, ¿eso cómo se consigue? Si no decimos la realidad, y es que el enfermo está grave, no vamos a encontrar la medicina adecuada. Pero si lo decimos, generamos más desconfianza. Entonces, ¿qué hacer? De momento sufrir, trabajar y no desfallecer.
El imperio romano cayó por muchas causas, entrelazadas, como el hecho de que el desastre moral convirtió a la sociedad en una casa de putas. Nuestra crisis no llega por ahí, pero sí hemos pecado de chulos y sobrados. Aquí todos llegamos a creernos ricos, y nos pasaba como a aquella viuda alegre, que además de serlo hacía propaganda. Aquí no escarmentamos con las prédicas de Solchaga ni con el ejemplo de Mario Conde. Aquí los dioses, como en Roma, han llegado a pasar de los treinta mil, entre ellos los contertulios del corazón, todos diciendo imbecilidades y el pueblo, escuchándoles. Y claro, se perdió el oremus. Y la razón. Ahora nos toca purgar.