Estar al abrigo de unas montañas como las de Gredos es todo un privilegio que algunos disfrutan con fruición. Especialmente si las montañas sobre las que uno se recuesta son las paredes graníticas de la vertiente meridional, las que miran ya hacia la inminente Extremadura, tan cerca tan cerca que el paisaje aparece poblado de palmeras, naranjos, olivares y tabaco. Pero también de los inmensos pinares que forman parte de la esencia montañosa de esta sierra. En un vallejo cerrado, disfrutando como el que más de una situación envidiable, se localiza a la vera del río Arenal, Arenas de San Pedro.
Hoy la artería principal de la población, por la que se cuela el tráfico que recorre el valle y aglutina buena parte de la actividad comercial, discurre por el mismo lugar que lo hiciera el arroyo Guisete hasta que en el siglo XVIII quedara pavimentado y convertido en calle. Quien no ha cambiado de lugar en Arenas es su monumental castillo. Está ahí, a un costado de esa misma calle y muy cerca del río, desde que lo levantara, entre 1395 y 1422, el condestable Ruy López Dávalos para controlar mejor el extenso territorio que, en 1393, le concedió para su disfrute el rey Enrique III, y que incluía, además de Arenas, las localidades de Candeleda, Mombeltrán, La Adrada, Castillo de Bayuela y la Puebla de Santiago del Arañuelo. Su caída en desgracia provocó que el castillo fuera a parar a la familia Pimentel, quien a su vez lo aportó como dote en el matrimonio de Juana de Pimentel con el condestable Álvaro de Luna. La nueva caída en desgracia, esta vez de un Álvaro de Luna que acabó ajusticiado en Valladolid, provocó el encierro voluntario por algún tiempo de la condesa en el castillo hasta terminar por conocérsele como el de 'la triste condesa', tal como ella firmaba muchas de sus misivas en aquel tiempo.
Un nuevo cambio de propiedad lo puso en manos de la familia Mendoza, duques del Infantado, siendo el lugar de nacimiento, en 1461, de Diego Hurtado de Mendoza, mecenas del Renacimiento.
Tras la visita al castillo, que ofrece unas impagables vistas desde sus almenas tanto de la sierra como de la población, merece la pena continuar el recorrido hasta el puente medieval, en un bello rincón sobre el Arenal, la iglesia de La Asunción, con bellos murales en su interior, y proseguir el recorrido por los barrios de El Canchal, antigua morería, y de la Fuente Arriba, antigua judería, con buenas muestras de arquitectura tradicional.
Desterrado
En dirección opuesta, hacia la parte alta y más moderna de Arenas, queda el palacio real del infante Luis de Borbón, hermano de Carlos III, y desterrado por él a Arenas en castigo por haberse casado morganáticamente tras renunciar al arzobispado de Toledo y al capelo cardenalicio. Planeado y alzado a finales del siglo XVIII por Ventura Rodríguez de La Vega, la Guerra de la Independencia arrasó sus lujosos salones y los rastros de la pequeña corte que acompañó a Luis en su destierro, entre la que se encontró el músico Boccherini. O Goya, que acudió en los veranos de 1783 y 1784.
Frente a las tapias del palacio arranca el bonito aunque esforzado paseo circular señalizado que conduce primero, por entre pinares, hasta el collado de la Cruz de la Tendera y desde allí desciende hasta el santuario de San Pedro de Alcántara, otro de los rincones imprescindibles cercano a Arenas. Este santuario es en realidad el panteón en el que reposan los restos del santo. Fue impulsado por Carlos III, gran devoto de San Pedro de Alcántara y construido, como el palacio, por Ventura Rodríguez. Desde ese punto el paseo regresa a Arenas siguiendo el sombreado Vía Crucis que cada tarde recorren numerosos vecinos de la localidad.
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