
Una de las más sangrantes, por sus dimensiones, valor histórico, artístico y entidad es la que acontece con el monasterio cisterciense de Santa María de Rioseco, cenobio burgalés del siglo XIII, en el valle de Manzanedo, que lleva casi doscientos años muriendo de inacción e inanición, deshaciéndose sus sillares como una montaña de monumentales azucarillos a los que la humedad y el agua acabarán llevándose por delante sin que quede rastro de ellos. Vergüenza torera es lo que quienes se encargan de salvaguardar nuestro patrimonio deberían sentir ante tan descomunal despropósito. Mientras, la maleza, árboles enteros que ocupan ya el interior de añejas estancias, zarzales proverbiales, hiedras trepadoras capaces de desmontar el más fuerte de los muros o los esforzados carroñeros capaces de convertir en cantera un complejo monacal de estas características trabajan lenta pero incansablemente para borrar su presencia de la faz de la tierra.
Claustro renacentista
Por eso, a pesar del peligro evidente que supone curiosear este cúmulo de ruinas cada vez en más precario equilibrio, merece la pena -literalmente- asomarse a las alucinantes arcadas de su claustro renacentista, forradas ahora de una vegetación inmisericorde, o a la inmensidad de una iglesia gótica de dimensiones apabullantes y suelos destripados por los saqueadores de lo ajeno.
El acceso al recinto monacal se realiza por un disimulado sendero que nace de la carretera que recorre el valle de Manzanedo, sin indicación que medie, a unos pocos metros por la izquierda del desvío que conduce hacia San Martín del Rojo. Apenas en un par de revueltas el sendero rodea los muros exteriores del que fuera uno de los monasterios más poderosos e influyentes del norte burgalés. El mar de zarzales apenas deja paso ya a un conjunto de ruinas desordenadas en las que cada vez resulta más difícil ubicar el verdadero sentido de lo mucho que aún queda en pie. Arcos monumentales paredes y recovecos pertenecientes a una gran hospedería dejan ver habitaciones destripadas por la carcoma y la humedad. Es la triste antesala que lleva hasta la explanada en la que todavía aguanta el esqueleto del claustro monacal, dos pisos con arquerías renacentistas que compiten en equilibrios con la espadaña despojada de las campanas, el rastro más reconocible del convento en la distancia. Desde él, una puerta desvencijada da paso a su monumental iglesia, un impresionante templo que, tanto por las dimensiones como por los pocos detalles ornamentales que han perdurado a la ignominia, debió lucir como una catedral en sus mejores tiempos. Una catedral perdida hoy entre la vegetación que aprovechan a su antojo practicantes de 'paintball', estampando bolazos de pintura por doquier, saqueadores de tumbas reventando el suelo con palancas, grabadores de psicofonías en busca de presencias incorpóreas o practicantes de ritos mágicos desplumando gallinas contra los altares destrozados. Si Indiana Jones fuera de Manzanedo ya se habría llevado su calavera.
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