«El año ha sido fatal, lo hemos llevado muy mal, cuando se pierde la vida de un ser querido es un golpe muy duro. Mi relación con Eduard era muy buena, era como un hijo para mí. Tengo días en los que me levanto y me pongo a pensar, a intentar asimilar todo. Como no nos entregaron el cuerpo, parecía que desapareció de la noche a la mañana, como que nos lo arrancaron», señala la mujer colombiana, que vela en todo momento por su hija.
«Yuliana se ha puesto a estudiar, está haciendo hostelería, se está sacando el carné de conducir. Es una niña muy madura, pero la están tratando psicólogos, duerme siempre con la luz encendida, tiene sus traumas. Olvidarse nunca, pero no tocamos el tema para intentar que lo supere, hablamos de las clases, del carné...», apunta Maryury, que entre el dolor saca conclusiones positivas.
«Uno se da cuenta de que la vida es un 'ratico' y de que hay que disfrutar lo que a uno le queda. La gente dice que la vida es un paseo y que hay que vivir el día a día, pero luego no lo hace», señala Maryury, que no se explica cómo pudo ocurrir la explosión .
«Me acuerdo mucho de Eduard, de la manera en qué apareció, me mortifica. Ocho días antes estuvimos paseando con él en San Sebastián, nunca imaginamos que fuera a pasar algo así. Lo único que me compensa es que pude perder también a mi hija, podía haber sido mucho peor», subraya Maryury.










