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47.315 lectores diarios RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 12 febrero 2012

Vida y Ocio

VIDA Y OCIO
El Arlanza ducal
Frondosas choperas en el paseo que une las localidades de Lerma y Ruyales del Agua
25.04.08 -

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El Arlanza ducal
Lerma es una población de largas vistas. En alto sobre un destacable altozano a la vera del Arlanza yergue su perfil señorial con el orgullo de quien sabe que una vez hace cuatrocientos años fue, casi, la capital del mundo. De hecho, ese perfil altivo y lujoso, que reluce como un planeta exquisito a la luz de la proyectores nocturnos, se debe al cariño que tomó por la villa Francisco de Rojas y Sandoval, duque de Lerma, quien durante 20 años tuvo la protección y favores sin límite, con categoría de ministro absoluto, del rey Felipe III. Fue el duque quien, tentado por la posibilidad de levantar una ciudad a su medida, encargó a los mejores arquitectos de la época -siglo XVII- la construcción de un majestuoso palacio, la colegiata de San Pedro y seis conventos de categoría. Todo ello en torno a una de las plazas mayores más extensas de España: abierta ante el palacio Ducal, la explanada de 6.862 m2 fue pensada como el escenario privilegiado en el que tenían lugar los espectáculos, ferias barrocas, corridas de toros o audiencias a las que los duques acudían sin pisar la calle.

Esa alergia a manchar sus mocasines con el polvo del enlosado, o puede que a cruzarse con el populacho, impulsó una de las más genuinas creaciones del duque en la localidad: una ristra de pasillos enlazados que le permitían pasear de una punta a la otra de Lerma sin salir a la calle, siguiendo una tradición palaciega de regusto italiano. También sin que nadie se enterase de sus idas y venidas, camufladas tras los muros de los pasadizos que anudaban el entorno de la población como si fueran un parapeto defensivo. Lo que mosquea es que estos pasillos privados fueran enlazando, uno tras otro, con acceso a cada uno, varios de los conventos levantados con su dinero. Por esos pasillos el Duque y la corte autorizada iban del palacio a la colegiata sin que el pueblo supiera de la misa la media.

Por estas y otras razones la mejor manera de disfrutar un sabroso garbeo por la villa, es acudir a la Oficina de Turismo, en los bajos del Ayuntamiento. Además de recopilar toda la información necesaria para organizar mejor el paseo o apuntarse a una de las visitas guiadas que organizan, es el lugar de acceso al recientemente acondicionado Pasadizo del Duque de Lerma, también conocido como Pasaje de Santa Clara, único tramo conservado de la red de galerías cubiertas. El acondicionamiento audiovisual sitúa al visitante en la época dorada de la localidad, además de brindar un detallado perfil del Duque y las características de una monarquía que mimó a la localidad.

Acabado el corto tramo de paseo abovedado puede empezarse otro menos lúgubre y bien ventilado. Es el que comienza en el mismo mirador de Los Arcos, al que se sale tras recorrer el pasadizo, y que permite, siguiendo la pertinente señalización, conocer un poco más del entorno natural inmediato a la localidad.

Este recorrido, que se hace en unos 30 minutos, puede convertirse en aperitivo o colofón de otro paseo natural mucho más jugoso y estimulante: el que lleva por la orilla izquierda del Arlanza desde Lerma hasta Ruyales del Agua. Son apenas cuatro kilómetros de ida bordeando las densas choperas. El paseo no está señalizado, pero tampoco hace falta. Basta coger la orilla izquierda del río y seguirla hasta toparse, ya muy cerca de Ruyales, con el camino que une una localidad y otra. Ese camino sirve también para regresar a Lerma de una forma más derecha que siguiendo las sinuosidades del río.

info@javierprietogallego.com
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