SIEMPRE había oído hablar de aquel lugar salvaje y recóndito a través de algunas revistas de naturaleza y de la obra de Félix Rodríguez de la Fuente, pero también por parte de amigos que habían visitado la zona. Un lugar para mí lejano e incluso misterioso, allá por la meseta norte, entre las recias tierras castellanas de Segovia, Burgos y Soria. El Refugio de Rapaces de Montejo, le llaman, en las hoces del río Riaza. ¿Y qué tenía este lugar de especial, que atraía como un imán a tantísimos amantes de la naturaleza, a gentes de toda España?; tenía que averiguarlo y por fin me decidí. Hace cinco años visité el Refugio por primera vez y aún hoy me cuesta expresar con palabras la impresión que me provocó esa primera experiencia en estas tierras. El cielo cubierto de buitres, y el sonido que hacían al cortar el aire, nunca había visto tantos buitres, y tan de cerca, y los gritos de las chovas resonando por el cañón, o el vuelo fugaz del águila real, increíble. Los cortados, el páramo, el sabinar y el horizonte, ese horizonte inmenso, interminable, infinito, que te empuja a ir aún más allá, a no parar en la búsqueda de la naturaleza, de lo salvaje, y de la soledad. Ahora lo entiendo todo y el porqué de esa pasión de tantos naturalistas por Montejo, un lugar muy especial, no sólo por su fauna y su flora, sino también por sus gentes, sus pueblos y su paisaje. Nunca dejará de sorprenderme la cantidad de personas que han luchado y luchan por y para el Refugio de Montejo, de manera totalmente desinteresada, a cambio de nada, tan sólo por el amor y la pasión por a la naturaleza de estas tierras y su conservación. Entre todas estas personas me gustaría mencionar al guarda Hoticiano Hernando, al que tuve la suerte y el honor de conocer, que con poquísimos medios y durante muchísimos años ha vigilado y conservado el Refugio, por lo que le debemos eterno agradecimiento, y también al gran naturalista Fidel José Fernández, experto conocedor de la zona y de su fauna, alma de Montejo; no he conocido nunca hombre tan bueno, sincero y generoso. Gracias Hoticiano, gracias Fidel y gracias a todas las personas que han hecho posible que Montejo sea lo es hoy, un lugar increíble, un lugar con el que no puedo dejar de pensar, ni de soñar.
Pero, por desgracia, los sueños también pueden convertirse en pesadillas y es que ahora todo parece cambiar en Montejo y no para bien precisamente. Los nuevos gestores de la zona, la Junta de Castilla y León, han entrado con su potente y fría máquina burocrática arrollando todo lo que encuentran a su paso, en forma de sendas (como la tristemente famosa senda larga), párkings, desbroces, y demás desmanes, ignorando, de manera ofensiva e incluso insultante, todo el trabajo y a todas las personas que desde el inicio del Refugio han luchado, estudiado y defendido, de manera totalmente altruista, estas tierras. La declaración del Refugio como Parque Natural debería haber sido una buena noticia, pero gracias a la pésima o nula gestión de sus actuales gestores, ha tenido el efecto contrario. Y yo me pregunto: cuándo aprenderán nuestros gobernantes que para conservar un espacio natural lo único que se necesita es eso mismo, conservarlo tal y como está, protegerlo y dejar que la propia naturaleza actúe, y muy importante, dejarse asesorar y ayudar por los que lo conocen y sobre todo lo aman, por encima de cualquier interés.