
DE INTERÉS
Por eso el monte de Roales, 270 hectáreas de apretadas encinas, aparece como un lujo, un manchón oscuro hacia el que corren los conejos como quien se sumerge en un océano para escapar del pescador, rico en sombras perennes y una pajarería que aquí se siente tan dichosa como los novios cuando viajan a Cancún: el paraíso en la tierra, de Campos en este caso.
Trueque
Desde el aire este monte se ve como una isla en el interior de otra más grande, la que dibujan unos límites administrativos que cercaron las localidades de Roales y Quintanilla del Molar para dejar un trozo de la provincia de Valladolid insertada entre las de León y de Zamora. Dicen que en el siglo XIX el monte de Roales pertenecía a Valderas y que los mercados de Valderas se celebraban en Roales, y que mediante un trueque entre ambos pueblos Roales se quedó con el monte y Valderas recuperó su mercado. Eso dicen.
Un sano paseo en bicicleta por caminos con pocos desniveles y muchas cosas interesantes que descubrir puede llevar desde Roales hasta las riberas del Cea y su espeso monte. La salida del pueblo hay que buscarla por la carretera que llega desde San Miguel del Valle para descubrir la primera sorpresa: el monte horadado por un enjambre de bodegas a ambos lados de la calzada. Es el rastro dejado por la afanosa actividad vitivinícola que ocupó a la población en el pasado y que hoy es testimonial: de las 1.000 hectáreas que tenía el municipio dedicadas al viñero a mediados del siglo XX hoy casi no queda ni rastro. Otra bodega, ubicada en el coto de Solaviña, en el interior del monte, guarda un recuerdo mucho más amargo que el más estropeado de los vinos: la memoria de los 22 años que permaneció en ella escondido Santiago Marcos Marcos, 'el topo de Roales', maestro nacional al que la Guerra Civil enterró en vida entre 1936 y 1958.
Tras cruzar la carretera que une Valderas y San Miguel del Valle el paseo prosigue por la pista agrícola que arranca del otro lado. Un kilómetro después se deja a la izquierda un ramal y se inicia el rodeo por la derecha del teso del Castañar mientras se va optando por el ramal izquierdo y después por el derecho en los sucesivos desgajes importantes del camino. Ya a la vista de la cercana ribera del Cea se alcanza un cruce de pistas donde resulta obvio que hay que seguir de frente para alcanzar el puente de cemento que salva el río. Sin tomar desvío alguno se alcanza, en 300 metros, el cruce con la cañada Zamorana, que corre paralela al río. Después queda una chopera, y en el repunte de una leve subida donde la vegetación del encinar ya resulta evidente el paseo recala en las ruinas relamidas de la terrosa Casa del Monte, a las puertas ya de este lujo arbóreo cuyos caminos permiten adentrarse hasta donde dé el apetito o el tiempo.
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