
DE INTERÉS
Pocas cosas hay que conjuguen una sencillez tan apabullante y un significado tan hondo como el de un caño manando en la leve hondonada de un páramo cerealista. Vitales en ese pasado cada vez más remoto, en el que el agua no era corriente y cada gota llegaba a los hogares después de ir a por ella; en el que la ropa se limpiaba de rodillas restregando contra el lavadero; o un surtidor en medio de los campos era una oasis en el que aliviar el sofoco de una faena asfixiante; hoy, la mayoría, mueren de inanición y olvido en el contorno de muchos pueblos.
Las fuentes del campo, tan sencillas como lo pueda ser un caño brotando de entre las piedras, una teja sujeta con barro o un hilillo alimentando la charca constituyen un patrimonio tan humilde como emocionante en muchos casos. En el fondo, y en la forma, son seres vivos capaces de dar vida a su vez si se las cuida, se limpian, se elimina maleza, se protegen, tal como se hizo durante siglos por el bien común y la mera supervivencia. De lo contrario, el caño, tarde o temprano, por una razón u otra deja de brotar y se seca. La vida a su alrededor, también.
Por eso facilitar un viaje a las fuentes olvidadas del campo es un ejercicio tan saludable como estimulante para el espíritu, la única forma de que forasteros y vecinos se adentren por caminos que nunca transitarían, hasta parajes a los que nunca irían. Por eso el recorrido señalizado que a lo largo de 18 kilómetros enlaza ocho fuentes dispersas en el entorno cercano de la localidad vallisoletana de Tiedra es una buena oportunidad para mirar desde lejos la formidable estampa de su castillo o disfrutar de la singularidad de un paisaje que ahora envuelve en verdes las ondulaciones interminables del páramo, tal cual si fuera posible pasearse por el escritorio clásico de un ordenador con Windows. Sólo que éste resulta mucho más apetecible que un paseo virtual.
El inicio del paseo, especialmente indicado para hacer en bicicleta y algo largo para hacer a pie, hay que buscarlo a la entrada de la localidad si se llega desde Toro. La Fuente de San Pedro, entre la carretera y el castillo, era el surtidor utilizado, por ser el más próximo, cuando los incendios se apagaban a calderos.
El tránsito entre la primera de las fuentes y la segunda, la del Caño, es el peor señalizado, dado que se pierde el rastro al llegar al campo de fútbol. Desde allí, lo mejor es rodear por su base el cerro sobre el que se alza el castillo hasta vislumbrar fuente y panel informativo. La del Caño reúne a su vera un amplio abrevadero en el que los rebaños menguaban su sed a la entrada o salida del pueblo y un también amplio lavadero en el que ya resulta doloroso tan sólo imaginar la postura arrodillada de las lavanderas sin protección alguna bajo la solana.
Desde esta fuente y hasta el final del itinerario el paseo discurre por pistas agrícolas anchas y compactas bien señalizado en todos los desvíos.
El siguiente manantial es el pozo de la Represa, cubierto para su protección y del que se extraía el agua mediante noria. Su existencia consta ya en documentos del siglo XVII y fue el más utilizado por la población para el abastecimiento de agua potable hasta la llegada del agua corriente al pueblo en 1928. Tras el paso por la fuente de Coberteras, el paseo recala en la de Antagüeros, velada por una pequeña guardia de chopos.
Su bóveda de cañón apunta el encanto de unas hechuras romanas relacionadas con el paso, más o menos por aquí, de la calzada también romana que unía la fundación de Tiedra, Amallóbriga, con Simancas, Septimancas.
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