
Justo antes de llegar hasta aquí, el embalse de Las Vencías remansa el curso del Duratón en un último requiebro de cortados bien forrados de encinas y carrascales.
Un sendero señalizado conduce desde el puente medieval que salva las aguas del Duratón, a la entrada de Fuentidueña, hasta el cerro de San Blas, magnífico balcón natural desde el que se contempla una espectacular panorámica del embalse, a un costado, y el pueblo amurallado de Fuentidueña, al otro.
El paseo arranca por la orilla derecha del río, donde se localiza también un panel explicativo del paseo. Muy pocos metros más adelante, nada más dejar atrás el frontón queda a la izquierda, un poco en alto sobre el camino, la sorprendente entrada de una cueva cuya boca preside, más como si fuera el ojo de un cíclope, la explanada de unas antiguas canteras.
El paseo prosigue aguas arriba por el camino tomando el ramal de la izquierda en una siguiente bifurcación. A 1.200 metros de este desvío, otra señal invita a abandonar la pista agrícola para cambiarla por un sendero que corre ahora hacia el sur ladera arriba. Cuatrocientos metros después se abre una nueva bifurcación señalizada en la que basta seguir de frente para no tardar en alcanzar una pronunciada curva hacia la izquierda.
Tras pasar un ligero repecho, el camino, como tal, va a morir bajo los viejos almendros que señorean unos campos en barbecho. Siguiendo en dirección sur, en la linde de los campos, el camino aparece convertido en una débil senda a la que presta buen apoyo el reguero de flechas que señalizan, sin pérdida posible mientras no desaparezcan, la llegada al vértice geodésico que corona los 1.014 metros de altitud del cerro de San Blas.
Fuentidueña fue una importante villa medieval que, a partir de los siglos XII y XIII, ascendió los peldaños de la historia hasta convertirse en cabeza de una de las Comunidades de Villa y Tierra. También fue paradero habitual de reyes como Alfonso VII y Alfonso VIII y señorío de Álvaro de Luna desde el siglo XV.
Románico segoviano
Posteriormente pasó a uno de sus hijos, Pedro de Luna, quien, junto a su esposa, se encuentra enterrado en la iglesia de San Miguel. Es esta iglesia su joya más valiosa, una de las más notables del románico segoviano. Especial atención merecen su puerta occidental y la bella galería porticada de su costado septentrional. La cabecera del templo es magnífica y la rica iconografía de sus muchos canecillos y capiteles da para un largo rato de observación boquiabierta.
La misma pista de tierra que pasa ante el templo conduce hasta los derruidos muros de San Martín, a cuyos pies se desparrama la necrópolis medieval, y se abre una de las puertas de la muralla. Algo más arriba quedan los restos del castillo, de propiedad privada.
El paseo por el interior del pueblo, breve pero intenso, recala en las ruinas del hospital de la Magdalena, la capilla de los Condes de Montijo -ahora en obras- o las puertas de Trascastillo y la Calzada. En la parte baja quedan la iglesia de Santa María y, algo alejado del pueblo, los recuperados restos del convento de San Juan. info@javierprietogallego.com








