
NARRATIVA
El mito se regenera gracias a estas trágicas negligencias, que van creando una costra entre el surrealismo y el sarcasmo, para empezar a distinguirlos bien. Gracias a ellos el mito primigenio se transforma -se destruye primero y después se recompone-: el padre del protagonista se convierte en mosca, se vuelve loco, se muere sin morirse.
Es difícil que el libro de Schulz nos haga reír hoy en día -aunque Kafka se reiría a carcajadas, sobre todo con el episodio del padre convertido en crustáceo, cocinado por la criada y observado con recelo por toda la familia, que no se atreve a comérselo-, pero nos hará rebuscar en algunos de los pozos más negros de la memoria, donde se esconden ciertos momentos de nuestra infancia. Si nuestro hábito a la novela histórica y a la prensa diaria nos lo permite, al menos deberíamos intentarlo: reírnos un poco, de su padre, de su madre, del progreso y de las nuevas costumbres posmodernas, de los que se empeñan en que el niño no haga ruido. En 1942, Schulz fue obligado a residir en el gueto judío de su ciudad natal. Allí sobrevivía gracias a la protección de Félix Landau, un oficial de la Gestapo que admiraba sus dibujos. Éste le encargó que pintara un mural en su casa, y a eso se dedicó Schulz durante las últimas semanas de su vida, antes de ser asesinado por un oficial de las SS rival de Landau. El mural fue cubierto y olvidado.
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