
DE INTERÉS
Es en aquel siglo lejano cuando san Fructuoso, al que cinco personas juntas le debían de agobiabar más que un autobús a rebosar en hora punta, cansado de las aglomeraciones que le asfixiaban en el ya de por sí pequeño, solitario y apartado monasterio de Compludo, decide abandonarlo y tirar montaña arriba en busca de un lugar al que no se llegará ni por recomendación del Papa. Y lo encontró en el escaso rellano de una ladera, en lo alto de un valle rodeado de montañas cuyas cumbres sobrepasan los dos mil metros, ricas en bosques tupidos y cuevas naturales, de paso hacia ninguna parte y tan difícil de transitar que debió de parecerle ideal para olvidarse de los trajines de un mundo que, en aquella época, desalojaba al infiel a sablazos.
Así comienza la historia de la fundación del monasterio de San Pedro de Montes, el segundo puesto en pie por este santo tan emprendedor como amante de las soledades. Unas soledades que tampoco debieron de durarle mucho, a pesar del empeño puesto, ya que pronto, su fama de santo varón atrajo por el sendero de los precipicios a un tropel de seguidores empeñados en imitar su modelo de vida, de tal forma que el pequeño oratorio habilitado por san Fructuoso acabó convertido de nuevo en pequeño convento. Para mayor incordio, pasados unos años, san Fructuoso se vio obligado a abandonar su particular rincón de santidad y regresar de nuevo a Compludo para solucionar asuntos pendientes.
La vida del monasterio continuó con un nuevo abad hasta que en torno al siglo VIII, se cree que por efecto de la conquista musulmana, se le pierde el rastro y cae en el abandono. Y así hubiera quedado si no aparece por ese mismo valle, en el año 890, otro entusiasta de las soledades y la vida penitencial, san Genadio, a quien se debe la revitalización espiritual de unas montañas, los Montes Aquilanos, adoradas por los celtas como si fueran dioses.
Él, con ayuda de otros doce monjes, acomete la refundación del monasterio del san Pedro y, andando el tiempo, la fundación de otro cenobio en un valle colindante, Santiago de Peñalba, cuya iglesia, único vestigio de aquella fundación, luce hoy como una auténtica joya del mozárabe leonés. Tras unos años en los que Genadio ejerció como obispo de la Diócesis de Astorga regresó de nuevo al valle para afianzarse en la vida eremítica hasta el punto de retirarse a vivir en una pequeña cueva que la tradición sitúa justo a la entrada del conocido como valle del Silencio, cuyo nombre no se sabe si responde a una norma imperativa para quien quisiera acercarse de visita o sólo refleja el hidrónimo del arroyo que pasa por el fondo de la vaguada. La historia del monasterio de San Pedro de Montes es, en general, la de un centro de influencia que, con altibajos, ejercerá su poder en este entorno de montañoso, dando lugar a pequeñas poblaciones, como la de Montes de Valdueza, a cuya entrada se encuentra hoy. La Desamortización forzó el abandono del edificio que, convertido en almacén de maderas, vivió un pavoroso incendio en 1842. Los restos, pendientes aún de una imperativa restauración, conservan un irresistible poder de evocación.
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