
DE INTERÉS
Tal situación estratégica no impidió, sin embargo, que en el año 151 a.c. los ejércitos de Roma pasaran a cuchillo a la población vaccea que la habitaba. Andando el tiempo, no mucho, la rehabilitación del enclave, ya domesticado por el Imperio, desembocará en una prosperidad notable de la que fueron impulsores diversas familias aristocráticas romanas con poderosas explotaciones agrícolas en la zona. En una de ellas vendría al mundo, en torno al 335, Flavius Theodosius, emperador de Roma entre los años 379 y 395, y conocido por la posteridad como Teodosio el Grande. No es el único hijo ilustre del que se enorgullece la plaza. En el año 1903 nace en la villa Cándido López Sanz, Cándido, a secas también para la posteridad, emperador indiscutible de la mesonería segoviana en la que alcanzó el grado de Mesonero Mayor de Castilla.
El periplo histórico artístico por el interior de la localidad, prólogo desde el que arrancar un posterior paseo de riberas pinariegas hacia la población vallisoletana de Pedrajas de San Esteban, es tan denso como la mancha de pinares que se interpone entre ambos lugares. Para empezar está el castillo, joya entre las joyas de la albañilería mudéjar. Tan elegante por fuera como misterioso por dentro, fue levantado por iniciativa del arzobispo de Sevilla, Alonso de Fonseca. Levantada a fuerza de ladrillo y argamasa, de ingenio, fantasía y sensibilidad se halla rodeada, a su vez, por un imponente foso. Su interior, dispuesto en torno a un patio renacentista, debió resultar en el pasado suntuoso y magnífico, lleno de mármoles y ricos detalles ornamentales. Todo ello se perdió a principios del XIX y hoy acoge la Escuela de Capacitación Forestal. Muy cerca queda la solitaria torre de San Nicolás, mirador privilegiado sobre la llanura pinariega que en su momento se usó para avistar enemigos aviesos.
Diversas señales encauzan el curioseo hacia lo que queda de muralla medieval, la puerta de la Villa y sus verracos prehistóricos. A la plaza Mayor se asoma el edificio del Ayuntamiento, también notable, y la iglesia de Santa María en cuyo interior anodada el lujo de los sepulcros exquisitos, labrados en puro mármol de Carrara, pertenecientes a la todopoderosa familia de los Fonseca. La salida hay que buscarla por la parte norte del casco urbano. En el descenso hacia el puente Grande perdura un tramo de calzada y, junto a la carretera, el desagüe de una de las cloacas romanas que aliviaban por aquí los humores pestilentes de la urbe en aquel tiempo. Pasado el puente, a la izquierda, se descubre el milagro inexplicable que supone el manantial de los Cinco Caños, muy relacionado con la ubicación, tras el edificio que los protege, de la villa altoimperial romana, posiblemente relacionada, a su vez, con las propiedades familiares del emperador de Cauca.
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