
DE INTERÉS
Lo que también resulta fácil de imaginar es el pasmo que la hubiera producido contemplar la escabechina con que en estos días se ventila un tramo de chopera ribereña, tocones al viento asomando como muñones desmembrados y picadillo de ramas alfombrando el suelo de lo que no hace mucho era una apretada mancha de añosos árboles.
Aún así, el paseo por las orillas del Tormes debiera formar parte, antes o después, del itinerario andarín de quienes quieran degustar a fondo los entresijos de la población que acogió los últimos trasiegos de una santa a la que el C.S.I. hubiera encontrado entre sus restos el polvo acumulado de casi todos los caminos de España. Y no sólo por lo que anduvieron en vida, mucho más por lo que viajaron sin ella. Restos tan venerados que son, sin sombra de duda, el principal reclamo para quienes se acercan a la villa ducal.
Una forma de organizar el batiburrillo de intereses paisajísticos, históricos y sacrosantos que acumula esta visita, es dejar el coche, si se llega desde Salamanca, antes de cruzar el largo puente medieval sobre el Tormes, 22 arcos de piedra de orilla a orilla. Ya a pie, el paso del río permite ir identificando, entre la maraña de grúas que afean un caso urbano que ha ido perdiendo con los años armonía y compostura, el despuntar de sus principales monumentos: en lo más alto el torreón del castillo, la torre rojiza de San Pedro, los muros inconclusos de la basílica, el convento de la Anunciación, la torre de San Juan, restos de la muralla o, aguas abajo del puente, el molino que acoge ahora un moderno centro de información y cultura.
Nada más pasar el puente, y a modo de prólogo antes de afrontar la visita turística más convencional, cabe la posibilidad de girar hacia la derecha y continuar unos metros por la carretera de Peñaranda, mientras se dejan atrás los restos de una vieja aceña. De nuevo el primer desvío hacia la derecha lleva, paralelos a la orilla, hasta el cámping y la playa. Llegados a ese punto, un puentecillo permite tomar la senda que circula, aguas arriba, entre un pequeño lago, y el río. Al final del lago se localiza la continuación de la senda que, de golpe y porrazo, se interna entre la fronda enmarañada de la vieja chopera que orla al río en este tramo.
Al finalizar, unos 300 metros después, toca transitar por el medio del bosque de tocones desmembrados hasta alcanzar los restos de otra histórica aceña conocida como la de Quique. Es el punto también en el que el paseo torna hacia Alba mientras rodea las verjas que acotan las instalaciones de una piscifactoría.
De nuevo en el puente medieval, enclave al que se abría la antigua puerta del Río, resultan evidentes las obras inconclusas de la basílica de Santa Teresa. También el camino que lleva hasta la plaza del mismo nombre, una de las de mayor densidad de trozos de santo de España. A ella se asoma el convento de la Anunciación y el de los Carmelitas. Además de la Plaza Mayor, donde resulta imperdonable no contemplar el apostolado de la iglesia de San Juan, hay que buscar el torreón del castillo.
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