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47.315 lectores diarios RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 12 febrero 2012

Segovia

SEGOVIA
Venden el Pilarín
El dueño del carrusel infantil de los Jardinillos de San Roque pone a la venta la atracción al llegar a la edad de jubilación
13.01.08 -

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Venden el Pilarín
Francisco Cabezas, dueño del tiovivo, pasa la fregona, ayer, antes de abrir la atracción. / A. DE TORRE
Jamás hubiera pensado mientras montaba en aquel autobús pequeñito -casi de juguete- o cuando daba vueltas en los platillos giratorios que con las manos yo ayudaba a impulsar, que mi hijo iba a llegar a disfrutar de la misma atracción de feria sentado en el mismo sitio, y menos aún que algún día tendría que escribir la crónica/epílogo del Baby Pilarín, de los caballitos de San Roque, que es como todos nos hemos referido alguna vez a este singular tiovivo que ya forma parte del paisaje de Segovia, y lo que es más importante, de la memoria de sus gentes.

Al dueño del negocio, Francisco Cabezas, un cordobés que está a punto de cumplir los 66 años, le gustaría que estas líneas no pongan epílogo alguno al negocio que le ha dado de comer durante toda la vida, sino que alguien acepte su oferta y le compre el carrusel para que continúe abierto y vivo, nunca mejor dicho. Francisco se jubila y entiende que los años le obligan a retirarse. Como su hijo pequeño no ha mostrado interés en heredar la actividad, ha decidido ponerla a la venta, «por si hay alguna persona interesada, con quien estaría dispuesto a pactar el traspaso», dice con cierta pena. Y añade: «Es que son muchos años y mi vida ha sido esto. Yo no he aprendido ningún otro oficio. Del colegio pasé aquí y aquí sigo. Y, ojo, que lo pongo a la venta porque me jubilo, no porque el negocio vaya mal, que hay meses muy buenos».

Abuelos y nietos

El periodista Alfonso Arribas, en estas mismas páginas, le dedicaba hace unos meses al Baby Pilarín unas cariñosas palabras que encierran una gran verdad, la identificación de muchas generaciones de segovianos con los caballitos de San Roque: «En los mismos aviones que suben y bajan mientras la rueda gira, en ese minúsculo autobús de juguete pegado a la chapa, ha disfrutado el abuelo Paco y lo sigue haciendo el nieto Pablo. Su modesta estructura se ha hecho fuerte en este rincón de la ciudad y ya forma parte del paisaje urbano de Segovia, respetado por planes parciales, ordenamientos generales, renovación de permisos y mutaciones en los gustos y las preferencias ( ) El Baby Pilarín es un clásico, uno de los pocos clásicos que nos quedan».

Francisco, el dueño, también lo ve así, por lo que le está eternamente agradecido al público de Segovia y también a su Ayuntamiento, «que siempre nos ha dado facilidades. Incluso le hicieron un homenaje a mi tía Pilar a principios de los años noventa. Todos los concejales han montado en este carrusel, seguro».

La tía Pilar. ¿Quién no recuerda a aquella viejecita de pelo blanco sentada en la taquilla del tiovivo, despachando fichas y atenta a todo lo que ocurría sobre el disco giratorio? Ella también está en la memoria de muchos segovianos. «Yo la quería porque no he tenido otra madre que ella, y eso es muy importante -rememora Francisco con emoción-. Era una bellísima persona y adoraba Segovia. Cuando el médico le dijo que ya no podía viajar más, que tendría que quedarse en una ciudad, no dudó en elegir Segovia. Alquilamos entonces un piso cercano al carrusel y, así, entre los caballitos, los jardinillos y las palomas, pasó feliz los últimos años de su vida. Una gran mujer que no olvidaré jamás. Murió en 1998, en mayo hará diez años, y aquí está enterrada, en Segovia, en su Segovia».

Pilar y Tomás

La relación de Pilar y de su marido Tomás, fallecido antes que ella, con la ciudad del Acueducto se remonta a antes de la guerra civil. El matrimonio, que era de Madrid, llegaba a Segovia en el mes de mayo, participaba de las ferias de junio y se marchaba en agosto, hacia otro destino, porque los feriantes llevan una vida itinerante, nómada. Precisamente, la contienda sorprendió a Pilar y Tomás en Segovia, en pleno mes de julio. Dejaron entonces los coches en un local de unos amigos y se marcharon a Madrid. Ya no regresaron hasta el final de la guerra, en 1939, cuenta Francisco.

«Yo empecé a venir a Segovia con ellos cuando tenía diez años. Eran tiempos duros y había que trabajar, viajar de un sitio a otro. Hacíamos todas las provincias y pueblos: Madrid, Segovia, La Granja, Cuenca, Toledo, Navalperal, Tarancón, Cáceres, Valencia, Gandía, Denia, Alicante Era una vida durísima, pero había que salir adelante».

De las ferias de antaño, Francisco guarda un grato recuerdo: «Se desplegaban aquí, en torno a los Jardinillos, que eran las afueras de la ciudad. Mire, ahí enfrente (señala hacia la avenida de Fernández Ladreda) se alineaban las casetas y las tómbolas. Nosotros nos instalábamos donde ahora está la Comisaría y aquí, en los Jardinillos. En mayo también poníamos otro carrusel en San José. Aquello sí que eran ferias».

Pero la vida pasa y el tiempo suele respetar pocas cosas. Francisco espera traspasar un negocio que funciona: «Los meses de primavera y verano, hasta septiembre, son estupendos -dice-. Fíjese, yo llevo sin subir los precios desde hace siete años -1,50 por viaje cobro-, lo que ya no hace nadie. Me conformo con sacar para comer, ¿sabe? Luego hay gastos, claro, el mantenimiento, la pintura, el seguro de los críos Los aparatos están bien, porque los he ido renovando, aunque quedan algunos primitivos. La estructura es de los ochenta».

Nada para un niño como la sensación de dar vueltas en un tiovivo. Antonio Machado lo expresó en verso: «¿Alegrías infantiles / que cuestan una moneda / de cobre, lindos pegasos, / caballitos de madera!»
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