
Para intentar distinguirlos nos viene bien recurrir a distintas características. La primera es la intensidad, es decir, la pasión, pues reconocemos en el amor una virulencia y un arrebato que no toleramos en las formas más templadas que cobijan a la amistad. Cuando no es así, y sucede que los amigos se apasionan en exceso, enseguida suponemos que las relaciones son falsas y pronosticamos un sonado fracaso a la vuelta de la esquina. Salvo que reconozcamos poco después que los protagonistas, sin darse casi cuenta, habían franqueado el territorio cruel de los enamorados.
Otro motivo de diferencia reside en la duración y la simetría que nos prometemos en cada caso. Los amigos se reconocen porque cuidan las virtudes de conservación, respeto, mesura y reciprocidad, que son los cuatro puntos cardinales de la convivencia. En cambio, los enamorados llevan los compromisos al límite y se saltan a la torera estos valores principales. Donde había conservación piden eternidad, al respeto lo confunden con la inmolación, a la mesura con lo desproporcionado, y de la semejanza hacen un canto a la unión absoluta exenta de comparaciones.
Por otra parte, los amigos se desean variados y múltiples, aunque su multiplicación nunca se libre de cierto orden preferencial. No olvidemos que el deseo es un calibrador natural que no ceja nunca en su empeño de crear diferencias allí por donde pasa. De suerte que enseguida distingue entre simples amistades y verdaderos amigos, para luego abrir aún más el abanico y hacerlo entre amistades y vulgares conocidos. Para acabar coronando las preferencias, finalmente, con ese gusto con que reserva un paraje elegido para el que llamamos el mejor o el más amigo. La pasión, al contrario, es mucho más excluyente. Siempre aspira a un objeto único. Aristóteles escribió tajante al respecto que «el amor tiende a ser una especie de exceso de amistad, y sólo puede sentirse hacia una persona».
Pero todas estas diferencias orientativas empalidecen ante la hegemonía real que asume el cuerpo en estos lares. El cuerpo es el cruce donde realmente se bifurcan las diferencias existentes entre el amor y la amistad. Qué cosa sea el amor en el dominio de las abstracciones, sin la participación material del cuerpo, es algo difícil de imaginar. Interminable problema que cuestiona todo el amor platónico, incluido el célebre amor a Dios o a la Humanidad.
En el territorio de la camaradería y los conocidos cabe todo tipo de experiencias pero, en general, de la amistad excluimos la participación carnal, aunque no el erotismo, la seducción y sus derivados menos físicos. Todos acabamos por convenir que cuando el cuerpo interviene en las relaciones de amistad, sucede que o viran hacia el ámbito del amor o se crea un obstáculo imprevisto, un peligro que obstaculiza -o potencia, en los casos elegidos por la fortuna- el mantenimiento de la amistad. Como si las cosas fueran más fáciles mientras los cuerpos queden reservados y a buen recaudo de cada cual. Los cuerpos, digámoslo claro, tienen poco amigos.







