
Su introducción en la Península viene de la mano de los árabes, si bien es en la Edad Media cuando su funcionamiento se organiza como un valioso monopolio en poder de los señores feudales, que así regulaban a su antojo una de las herramientas necesarias para la supervivencia de sus deudores.
La mayoría de los molinos que hoy salpican las riberas de la comarca de Aliste, Tábara y Alba fueron levantados a finales del siglo XIX y principios del XX, siguiendo una estructura constructiva y un sistema de funcionamiento que perduró de manera invariable durante siglos. La variante más común en esta comarca es la conocida como 'de rodezno'.
Mahíde de Aliste y Pobladura son dos localidades unidas por el discurrir del río Aliste. De la una a la otra median 4,5 deliciosos kilómetros de ribera bien aderezados de pequeños molinos tradicionales, sotos frescos y densos robledales y castañares. Una delicia que sólo enturbia la contaminación en algunos recodos.
Jabalíes y pescadores
El paseo puede arrancar en la localidad de Mahíde, con una arquitectura tradicional que merece también atención. El recorrido por sus calles, primer capítulo de este viaje, debe buscar la orilla izquierda del arroyo de la Sobacana para alcanzar enseguida las huertas más cercanas a la población y el inmediato pontón que, a un paso todavía del pueblo, salva el río Aliste muy poco antes de que ambos confluyan.
Una vez sorteado, el camino bordea las tapias de las huertas aledañas mientras corre en paralelo a la carretera, que va por el lado izquierdo, y el río Aliste, que discurre por su derecha. Desde el pontón, en unos seiscientos metros, y tras atravesar una mancha de viejos robles, se alcanza el área recreativa de La Rebotina, acondicionada con mesas y una fuente. Además de un puente también se descubre, junto a la orilla, el molino de Ramos, primero de la paseata. El paseo continúa a través de la arboleda, corriendo en paralelo al Aliste hasta bordear un corro de viejos tocones, restos de la tala con la que se limpió una mancha de castaños enfermos. Unos metros más abajo el sendero topa con otro pontón.
Es el momento de cambiar de orilla y girar inmediatamente a la izquierda, bordeando una tapia desde la que saludan varios espantapájaros. Se inicia así el tramo más complicado del paseo. El sendero se desdibuja en algunos puntos si bien basta seguir, en ocasiones muy pegadas al mismo río, las trochas de jabalíes y pescadores que corren entre las escobas río abajo. Es el tramo de 400 metros que media hasta alcanzar el límite de Pobladura, desde donde llega una buena pista agrícola que ya se sigue, sin cambiar de orilla, hasta alcanzar la localidad.
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