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Beneficios asociados a la estimulación musical de la vaca lechera
15.12.07 -

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Beneficios asociados a la estimulación musical de la vaca lechera
DESDE la catacumba de Santa Domitila en Roma, hasta la legendaria ciudad de Tarsos en Turquía; en los mosaicos de la isla de Cos, en los estucos de Pompeya y en los óleos del Museo del Prado, nos sorprende y nos place encontrar representaciones de Orfeo, el divino cantor de Tracia, el pastor que hace sonar las gamas de su lira para un auditorio de animales diversos que, embebido, asiste a su voz con tal gracia de actitudes y atenciones, que nos lleva a considerar si no estará ante nuestros ojos la solución definitiva que nos permita contar, al fin, con un público entregado, sin móviles, sin toses y con unas envidiables orejotas que -una vez desparasitado y anillado-, rebose nuestros auditorios y teatros de ópera. Recordemos cómo San Francisco de Asís predicaba a los pájaros camino de Bevagna. ¿Por qué habría de sorprendernos, pues, que las bestias sean también sensibles a propósito de la música? Es más, de hecho, la música es la única forma de expresión artística que parece estimular a especies de nuestro planeta diferentes a aquella que la imaginó; por ejemplo, a las vacas. Veamos: si un granjero expone ante la mirada de una de sus reses el cuadro de un paisajista holandés -pensemos en los verdes prados de Jacob van Ruisdael-, lo único que conseguirá (si se acerca lo suficiente), es un topetazo. Si proyecta en su lechería una película de Abbas Kiarostami o Win Wenders, la respuesta será, invariablemente, una aristocrática indiferencia. Yo misma he comprobado que ni siquiera leyendo en voz alta y clara selectos párrafos de 'Rebelión en la Granja', unos versos de la 'Égloga II' de Garcilaso, o incluso de 'Hojas de hierba' de Walt Whitman, se alteran su inexpresividad facial o su actitud desafecta; no hay caso, estos agentes intelectuales no encuentran canal abierto. Ah, pero todo cambia cuando ofrecemos música; en cuanto las frisonas escuchan las diferencias sobre 'Guárdame las vacas' de Antonio de Cabezón, la 'Sinfonía Pastoral' de Beethoven, 'El buey sobre el tejado' de Milhaud, o la 'Sonata para dos pianos K. 448' de Mozart (que curiosamente también mejora el razonamiento espacio-temporal del cerebro humano, según Tomatis), la reacción es inmediata y en positivo. ¿Recuerdan la teoría del condicionamiento clásico y el perro de Paulov? El perro salivaba tan pronto oía la campana. Pues desde el mismo momento en que las ondas sonoras animan la cóclea de las vacas melómanas, el turno de ordeño se activa con tal ardor lechero que creeríamos estar ante una de las ficciones de Walt Disney o dentro de una fábula de Iriarte a la manera de 'El burro flautista', si no fuera porque veterinarios, granjeros, y psicólogos nos confirman la efectividad del proceso: la estimulación musical de la vaca lechera conlleva toda una serie de beneficios comprobados; no se trata sólo de alfabetizar a los rumiantes, la audición musical resulta saludable, rentable y cuantificable en litros -hasta cinco más al día-, además de mejorar la calidad de la leche y la textura y sabor de las hamburguesas.

¿Y quién sabe qué otras ventajas se podrán obtener en un futuro con el desarrollo de ciencias como la biotecnología y la ingeniería genética? ¿Una especie de vaca expendedora? Mozart, más y mejor leche; José Luis Perales, leche agria; Wagner, leche condensada

Hace apenas unas semanas que los telediarios informaban acerca de este fenómeno con un ejemplo modélico por su rigor científico; en la finca La Chirigota, una explotación ganadera en Villanueva del Pardillo -Comunidad de Madrid-, mil vacas de raza Holstein escuchan música a diario, preferentemente el 'Concierto para flauta y arpa K. 299' de Mozart y 'El Carnaval de los animales' de Saint-Saëns. Resultado: el contador que marca los litros de líquido succionado se dispara. Al revés que en los viejos milagros, la música se ha coagulado en leche.

Al análisis acerca de la sustancia y la fenomenología del binomio música-vacas se ha dedicado mucho esfuerzo y tiempo. Hace ya ocho años que Alessandro Baricco abría su ensayo 'El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin' mencionando un estudio de la Universidad de Madison que establecía que la secreción de las vacas que escuchan música sinfónica aumenta el 7.5%. Así mismo, la revista 'Science' publicó en el año 2001 un artículo de los doctores Adrian North y Liam Mackenzie, del Departamento de Psicología de la Universidad de Leicester, en Inglaterra. Sus datos ratifican que la incidencia de la música en el aumento de efectivos lácteos no es invención ni casualidad; las vacas eruditas viven más, y más relajadas que las vacas del común (incultas, lerdas o sordas), de forma que intervenciones que generan estrés como las inspecciones veterinarias, la inseminación, la vacunación, el parto o el ordeño, se desarrollan con más provecho y de forma harto más gozosa cuando se acompañan con música.

La Secretaría Técnica del Ministerio de Agricultura Pesca y Alimentación calcula en un millón diez mil cabezas el censo de vacas lecheras residentes en España. Los alumnos de los conservatorios superiores del país no llegan a trece mil. Quizá los que frecuentamos la música por amor o por oficio deberíamos actuar con cierta lógica economicista, orillar esas trasnochadas teorías que definen la música como un ejercicio de abstracción simbólica, un código que aúna conocimiento y emoción, un ordenamiento del caos y bla, bla, bla (otras banalidades similares), y trabajar a favor del totalitarismo de la rentabilidad y la productividad que gobierna nuestras sociedades. Sí, quizá deberíamos predicar a las vacas.
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