
La explosión demográfica tuvo lugar, como en la mayor parte de España, durante los primeros años de esta década. Las grandes ciudades, como Madrid y Barcelona, acogieron los primeros flujos migratorios «pero luego, poco a poco, se esparcen por las zonas colindantes y buscan los pueblos y villas de tamaño menor donde aún resaltan los huecos laborales que se resisten a desaparecer en su forma tradicional, al tiempo que surgen otros empleos novedosos», explican los profesores Antonio Izquierdo y Belén Fernández en un informe sobre inmigración para el libro 'La situación social en España II' (2007).
En Castilla y León, el principal repunte se ha registrado en torno a los años 2003 y 2005, aunque la cifra no ha dejado de crecer. «La prueba de que nos hallamos en el meollo de un ciclo de inmigración que aún no ha cuajado en un arraigo mayoritario la constituye el embate de los flujos anuales de entrada», explican Izquierdo y Fernández. Sin embargo, este crecimiento es mucho más constante en el caso de los búlgaros, rumanos y marroquíes que en el de los ciudadanos procedentes de países de Latinoamérica. El número de vecinos que han llegado desde Colombia y Ecuador, por ejemplo, ha registrado un descenso en el último año en el conjunto de la comunidad. Este comportamiento es debido, según explican los expertos, y entre otros aspectos, a una «arritmia en la política de visados y convenios».
Menos europeos
Este predominio de los búlgaros y rumanos en el paisaje castellano y leonés no tiene correlación en el conjunto del país. En España, la comunidad más numerosa es la procedente de Marruecos (el 18% del total de inmigrantes), mientras que en Castilla y León los marroquíes se sitúan en tercer lugar. En el panorama nacional le siguen los ecuatorianos (13%), colombianos (7,5%) y rumanos (7%).
Un fenómeno que destaca el informe 'La situación social en España II' es que «entre la población extranjera en situación legal, el peso de los comunitarios ha caído a favor de los inmigrantes que son nacionales de países terceros. Así, se ha pasado de los europeos cualificados y no activos a la mano de obra extranjera no comunitaria». Los últimos datos de autorizaciones de trabajo resueltas, según el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, habla de 30.662 resoluciones en el 2005, cuando en el 2002 fueron 12.468. Por provincias,destaca Segovia, con 6.881, seguida por León (5.438), Burgos (5.127) y Valladolid (5.048). Este incremento refleja, sobre todo, el proceso de normalización del 2005, que reguló la situación legal de miles de extranjeros en España.
El trabajo sigue siendo la principal razón de entrada de extranjeros en España y la causa primera que explica los flujos migratorios dentro de propio país y que manifiestan, por ejemplo, esa llegada de extranjeros a Castilla y León procedentes de otros núcleos, como Madrid. Hay casos, sin embargo, excepcionales, como el de la provincia de León, donde se registró un número importante de extranjeros desde un primer momento debido a la llegada de portugueses que buscaban un empleo en la minería.
Reagrupación familiar
Aunque la búsqueda de empleo suele ser la primera vía de entrada y asentamiento, el número de inmigrantes crece después a medida que se produce la llegada de familiares y que esos núcleos inmigrantes echan raíces en sus nuevas localidades de residencia. Así, por ejemplo, el incremento de menores es un síntoma de este reagrupamiento familiar.
El número de extranjeros con menos de 10 años registrados en los padrones de la comunidad en 1998 eran 1.343. En el 2006 esa cifra se había multiplicado casi por siete hasta los 9.396.
Y otro dato más, el aumento de niños nacidos de madre extranjera ya suponía el 11,18% del total de natalicios del 2006. Son muestras, aseguran los expertos, de que el fenómeno migratorio no es algo coyuntural, sino que empiezan a mostrar síntomas de permanencia en el territorio castellano y leonés.





