
LA CONFERENCIA
-Se percibe una cierta contradicción en el título de su conferencia: 'La fotografía discreta. Análisis y valoración de los paparazzi'. ¿Son compatibles la discreción y estos profesionales de la foto 'robada'?
-Lo que yo entiendo por paparazzi es un fotógrafo discreto; el fotógrafo de la cámara oculta donde el sujeto fotografiado no es consciente de que le están fotografiando. Por tanto, la foto no está afectada por la presencia del fotógrafo. Hoy día, el uso del término paparazzi no coincide con mi concepto ni con el clásico.
-El concepto clásico viene de 'La dolce vita', de Federico Fellini, ¿no?
-Es incluso anterior. La fotografía lo que aporta a la iconografía es la instantánea. Antes siempre se hacían posados. Y, cuando se habla de posados y 'robados', siempre digo que los mejores posados están en el Museo del Prado y no en las revistas del corazón. Lo que la foto aporta a la información es el hecho de esa instantánea, que es irreproducible y donde nosotros somos víctimas de la sociedad mediática que nos ha tocado.
Matar al mensajero
-Usted da casi una visión positiva del término pero la social es muy distinta.
-Eso es más por la hipocresía social que por la realidad. Lo lógico es que, si vivimos en una sociedad mediática y alguien consume esa información, alguien la tiene que producir y es a costa de algo. Pero la contradicción es más de la propia sociedad que de los paparazzi. Si tanto se critica el hacer profesional de éstos, ¿por qué se consume? Mi intención en la charla es tratar de actualizar esa contradicción y que seamos conscientes de en qué sociedad vivimos. Lo fácil siempre es matar al mensajero.
-Aunque se lo quiera matar, es el 'mensajero' mejor pagado del sector.
-Eso es otro elemento a tener en cuenta. En el mercado fotográfico son los más cotizados. Los reporteros de guerra, con todo su romanticismo e importancia informativa, no están tan considerados en los medios de comunicación como los paparazzi.
-¿Esa foto de Javier Bardem y Penélope Cruz vale más que la del último atentado en Bagdad?
-Sí, porque, por otro lado, hay que entender que ya estamos bastante saturados de todas las desgracias del mundo que llegan a la televisión. De vez en cuando, queremos ver algo intrascendente, amable o vulgarmente estúpido para consumir y no recordar.
-¿Tendrían ese peso estos 'ladrones' de imágenes privadas sin el instinto voyeur de la sociedad?
-Ahí hay un mercado, unos valores, con sus cotizaciones al alza y a la baja. La foto de Bardem y Cruz dentro de siete meses tendrá otro valor. A Elsa Pataki, que ya lo ha enseñado todo, le tendrá que ocurrir algo excepcional para que recupere esos niveles.
-La sociedad también identifica a la prensa en general con esa visión de sabueso, que husmea en los cubos de la basura del famoso. ¿Es bueno para la profesión ese reduccionismo?
-Es malo, sencillamente porque se acaba no diferenciando cada cosa en sus justos términos. Hay un 'totum revolutum' de periodistas contratados por agencias que, a su vez, tienen un contrato con las televisiones a las que tienen que servir tantas noticias a la semana, y que obligan a esos 'buscadores' a hacer lo que sea por conseguir unas imágenes... aunque sean mudas. Cuántas veces vemos que van a ver a un famoso que no quiere hablar, pero esas imágenes se emiten. ¿Qué sentido tiene eso? Cubrir un tiempo del programa y punto. De paso, exacerba la competitividad, y muchas veces, se bordea la legalidad. El sector se nutre de gente muy joven, con ganas de destacar y presionados por la empresa. El resultado es un espectáculo bastante esperpéntico.
-Pero saben que con una imagen ganan lo que otros en dos o tres meses de trabajo diario y con menos relevancia social.
-Los paparazzi veteranos presumen de que hacen tres o cuatro trabajos al año y con eso viven. Y viven muy bien, aunque a costar de dejar muchos cadáveres. Porque, además, es una profesión muy dura en la que son muchos los que empiezan pero pocos los que sobrepasan la cuarentena.
Los 'falsos robados'
-Hablando de sobrepasar, esa competitividad provoca que el fin justifique los medios. En Gran Bretaña hay incluso empresas que 'fabrican' chismorreos y son legales.
-Esos son los 'falsos robados'. Un fotógrafo paparazzi no lo es al 100%. Ese trabajo no quita que tengan ofertas para hacer reportajes de posados o un 'falso robado'. Hay un riesgo que es el desprestigio personal. En España, la 'prensa rosa' básica son cuatro y son serias. Solo el 'Hola' factura 300 millones de euros al año. El prestigio lo ha ganado con la veracidad. Si un paparazzi les mete gato por liebre, está acabado.
-¿Habría que regular esos límites más allá de lo que indican las leyes para el resto de la prensa?
-La respuesta fácil para esa pregunta es el Código Penal. Lo difícil en ese 'totum' es conocer la verdad, porque es un círculo vicioso en el que el famoso y el paparazzi se necesitan mutuamente. Hay un principio que es que, cuando alguien ha cobrado por vender su intimidad, ya no hay límites, no puede volverse atrás. Y el paparazzi se siente con derecho a hacer lo que quiera. Darle garantías morales a un famoso es arriesgado, dados los intereses económicos que hay por todas las partes.








