
TRAYECTORIA
Doris Lessing pertenece a una generación que ha sufrido frustraciones en grandes dosis. «Hemos tenido grandes sueños y creído en sociedad perfectas, pero lo único que hemos visto es mucha sangre», ha dicho. Y un repaso a su biografía muestra que no exagera. La sangre de los soldados muertos en la Primera Guerra Mundial no se había secado del todo cuando ella nació, en una ciudad persa en la que estaba destinado su padre, oficial del Ejército británico. Cuando tenía cinco años se trasladó con su familia a Rhodesia (hoy Zimbabue). Allí vivieron en una granja, de la que huyó en la adolescencia, abandonando los estudios para ganarse la vida con oficios diversos, como telefonista, niñera y periodista.
Sin alternativa
A los 19 años contrajo matrimonio con Frank Wisdom, un funcionario con quien tuvo dos hijos. El matrimonio duró poco, porque harta de la vida colonial volvió a huir. «Tuve que partir porque no se puede sobrevivir a una vida que se odia sin volverse loca o alcohólica. No tenía alternativa», ha reconocido. Escapó de un ambiente opresivo para encerrarse en otro aún peor: el de una célula comunista dirigida por Gottfried Lessing, con quien se casó poco después y con quien tuvo otro hijo. Otro matrimonio breve y otra huida. Antes de cumplir los 30, Doris Lessing ya había conocido las secuelas de una guerra, el horror de otra, el 'appartheid', el amor, el desamor, el desgarro de tener que abandonar a sus hijos... Tanta experiencia acumulada tenía que salir a la superficie de alguna manera. Y esa manera fue la literatura. Cuando en 1949 llegó a Londres con su tercer hijo, llevaba un manuscrito en su maleta: el de 'Canta la hierba', una novela sobre la vida en África que es un verdadero manifiesto contra el 'appartheid'.
A finales de los cincuenta huyó de nuevo. Esta vez de la disciplina del Partido Comunista, una organización de la que ha llegado a decir que estaba compuesta «por asesinos de conciencia tranquila». Mientras, su carrera como escritora empezaba a consolidarse, a la vez que crecía su compromiso con la causa de los derechos humanos y más recientemente la ecología. Los críticos la consideraban una integrante más del grupo de los 'jóvenes airados', pero 'El cuaderno dorado', publicado a principio de los sesenta, la convirtió, bien a su pesar, en un símbolo para las feministas.
Durante años, encerrada en su casa del norte de Londres, escribiendo con regularidad pero no a diario, ha construido una obra que ha escapado de cualquier catalogación: lo mismo acudía a la mitología que a la ciencia ficción, igual al teatro que a las memorias. Estas últimas, publicadas en dos volúmenes, sorprendieron a parte de sus lectores por el lenguaje utilizado y por el relato desinhibido de una intensa y azarosa vida sexual.








