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Revolución
07.10.07 -

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Revolución
SUMIDOS en los vaivenes que esta España contemporánea no se decide a abandonar; atronados por las voces que cada vez se levantan más airadas con ecos antiguos, como si viejos fantasmas volvieran para tornarnos la vida menos grata; agobiados por palabras que no tienen más significado que el que intereses espurios quieren concederles; agitados por vientos de banderas que siempre levantan tempestades, es como si nos hubiéramos olvidado, por lo que respecta a nuestra vida social, de que la existencia de las gentes y de los pueblos se compone de pequeños gestos, de cosas aparentemente nimias pero que son las más importantes. El guirigay de la sociedad, el veneno que destilan las voces envenenadas, amenaza con inmiscuirse en nuestra vida privada y llevarnos así a abandonar la tarea de cada día, el ir poniendo una piedra sobre otra hasta ir levantando el edificio que pueda protegernos del frío que acarrea el tiempo, del invierno que siempre está a la vuelta de la esquina y de cuya existencia nos hemos olvidado.

Afortunadamente, el ruido no llega a todos los sitios y es posible trabajar, en muchos lugares, en el bienestar que procuran el silencio y la tranquilidad. El lenguaje y las ideas se han prostituido en las ágoras capitalinas, en las cabeceras de los telediarios, en las portadas de los periódicos, en las salas de debate del Congreso, en los foros inoculados con el perjudicial virus del nacionalismo. Pero existe el silencio -y ya voy llegando a muchos pueblos de Castilla y León-, pueblos donde patria y Dios no se utilizan para arrojarse los insultos a la cabeza, donde quedan relegados al ámbito del espíritu y de los sentimientos y donde una nueva hornada de alcaldes lucha desesperadamente por insuflar un poco de vida al cuerpo casi exhausto de sus poblaciones rurales.

El pesimista casi patológico que soy tiene que aceptar que asistimos, en multitud de lugares, a una especie de revolución de vital importancia que, ensordecidos por alborotos ajenos, nos está pasando casi inadvertida. Nací y crecí con la certeza de que mi pueblo acabaría desapareciendo, de que el vendaval de la modernidad terminaría por borrarlo del mapa. Esa creencia, alimentada por la realidad, se convirtió en un dogma en toda la España agrícola, mucho más en Castilla y León y fue particularmente indiscutible en La Bureba, la comarca burgalesa de la que procedo. Ningún político, ningún alcalde, hizo nada para sacarnos de esa certeza suicida y presidir el ayuntamiento era colocar bombillas en las esquinas, tener más o menos utilizable la red del agua y contratar música para las fiestas patronales. Los pueblos, lo tengo dicho ya, eran geriátricos sin más esperanza que una muerte indolora y sin otra actividad que la de los jubilados. Visto hoy, desde la perspectiva que otorga el paso del tiempo, y si no fuera caer en una flagrante injusticia, dan ganas de exigir responsabilidades a esos gestores municipales, a esos políticos provinciales, autonómicos y nacionales que aceptaron la derrota con tal mansedumbre.

No sé qué ha pasado, la cuestión me parece digna de un estudio en profundidad, pero, de pronto, de unos años a esta parte, han llegado a muchos pueblos alcaldes más jóvenes, mejor preparados y con el ímpetu suficiente para plantarle cara a un destino común que era catastrófico. Es muy posible que el desarrollo autonómico haya tenido algo que ver en ello y que el gobierno de Juan Vicente Herrera, por fin, facilite las herramientas necesarias para ese intento de renacer en el que se han embarcado tantos pueblos. Como a lo universal siempre se llega a través de lo particular, les diré que ya no estoy tan convencido de la desaparición de mi pueblo, Busto de Bureba; que, en los últimos cinco años, ha bastado con que sus responsables municipales se pusieran a trabajar para que el mañana no pinte tan negro. Quizás se pueda seguir adelante

¿Quién podría haber dicho, durante el éxodo de los setenta, durante el decenio negro de los ochenta, que a esta gente tan resignada bastaría con que alguien pronunciara la palabra NO para que, de pronto, recuperaran un lugar en el mundo? Se está empezando, muchas poblaciones están dando sus primeros pasos, pero se están ofreciendo cursos de Internet, se practican frecuentes y honrosas revisiones médicas, se dotan bibliotecas, se ofrece ayuda domiciliaria, se levantan espacios para la cultura Afortunadamente, se ha abandonado esa práctica infame de los museos etnológicos que no hablaban de nuestra pasada dignidad, sino de los padecimientos sufridos. Vuelvo a mi pueblo y encuentro que, en el antiguo grupo escolar, un edificio en ruinas, intentan levantar un albergue juvenil, un espacio joven, un lugar de encuentro y de tránsito en el que fluya la actividad. Faltan muchas cosas, muchas, pero se ha echado a andar y siempre que vuelvo a mi pueblo me acuerdo de aquello que decía Delibes, de que la gente de esta tierra está esperando a que alguien le diga lo que tiene que hacer.

Naturalmente que la vida, el tipo de vida de antaño, ha desaparecido para siempre. Lo de ahora es otra cosa, diferente, pero supone escapar al abandono y la soledad. La Junta ha de apoyar con todas sus fuerzas esas iniciativas, cuidar como oro en paño a esa nueva gente que, viniendo de lo antiguo, se niega a aceptar que el AVE atraviese un territorio desértico y que lucha por una nueva vida.
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