
La inmigración foránea comenzó a aumentar a partir de 1980, se aceleró en la década de 1985-1995 y alcanzó cotas muy elevadas entre 1995 y 2000, periodo en el que se incorporaron 972.151 inmigrantes. Las distintas entradas de inmigrantes elevan a 1.5 millones los extranjeros residentes en el año 2000. Esta cifra se convirtió cinco años después, en 2005, en 3,7 millones de inmigrantes (8,4%).
«El gran reto que tiene nuestro país en los próximos años no está tanto el número de inmigrantes que puedan cruzar nuestras fronteras como en la integración de los que ya residen con nosotros», dijo Alcaide. «Si los chinos se juntan con los chinos, los rumanos con los rumanos y los marroquíes con los marroquíes, la convivencia se deteriorará; tiene que haber una integración real y para ello habrá que poner en marcha políticas que lo hagan posible».
En los primeros años de este siglo se ha producido un fenómeno que Alcaide calificó de «excepcional» y que no es otro que la recuperación de la pirámide de edad de la población. Esto ha sido posible a la incorporación desde finales del siglo anterior de varios millones de personas -la gran mayoría jóvenes extranjeros en edad de trabajar y de tener hijos-. Esta circunstancia ha supuesto «una auténtica revolución social, con inversión de la tendencia negativa del crecimiento vegetativo de la población, incremento de las afiliaciones a la Seguridad Social y ocupación de los puestos de trabajo no aceptados por la población autóctona».
Las cifras de residentes foráneos (con fecha del 1 de enero de 2005) era de 3.730.610. «Lo más preocupante es que la población inmigrante elige siempre las zonas más desarrolladas, lo que contribuye a toda clase de desequilibrios en el reparto demográfico y económico del país», aseguró este experto.
Hasta finales del siglo XX, la pirámide ofrecía, sin embargo, una sintomatología «bastante alarmante», dijo Alcaide. Así, el porcentaje de población menor de 16 años -que en el 1990 representaba el 36,3% de los residentes- fue disminuyendo progresivamente hasta reducirse al 27,4% en el 1980 y, de manera más drástica, al 15,6% en el 2000.





